jueves, 8 de septiembre de 2016

Las espinas son para usted... (relato fantástico)

Con ustedes una fotonovela  llevada a cabo por los amigos de Guayaquil: Gladys Cabrera, Paúl Torres y Pedro Iglesias. Proyecto dirigido por JD Santibañez. Gracias a ellos por su tiempo y dedicación para que haya quedado tan bonito esto. Sin más; adentrémonos en el escalofriante mundo del más allá. buuhhhuuuuuuuuu... (así creo hacen los fantasmas - ¿o es sin "h"?... en fin). Jorge Miño (Sept. -2016).









miércoles, 7 de septiembre de 2016

Tres cuentos cortos de CF: HISTORIAS PERSONALES / EL DON DEL FUEGO / CENSO UBICUO


Historias personales

El problema es que la gente ya no socializa y existe bajo domos individuales. Salir a la calle es como tomar un baño de burbujas; suena refrescante, pero lo aterrador es que no pueden reventarse. Nadie habla, pide permiso, da las gracias o comparte historias con el desconocido del asiento contiguo que viaja en el Metro.
Habían probado de todo: bajar los impuestos a las personas que socialicen un poco y su actitud sea evidenciada por las cámaras de monitoreo (pagaban tres créditos por palabra), vacaciones pagadas en el crucero Galya Kuznetsova en la ruta Tierra-Luna. La gente se comunicaba poco.
Entonces en la Alcaldía de Guayaquil se les ocurrió rentar a los gringos una máquina del tiempo y mandar dos voluntarios a importar del pasado la solución. Estuve allí cuando volvieron sonrientes y positivos para entregar la minúscula caja al burgomaestre. Fue conducida con resguardo policial hacia la bóveda e informaron que luego de la verificación de la carga y al estar seguros de su buen estado procederían.
Así lo hicieron. En pocos meses el problema avanzaba por buen camino y otras ciudades implementaban la ingeniosa solución.
Recuerdo iba en el bus de transporte público, me rasqué la cabeza ante una repentina picazón, entonces una joven trigueña, delgada oficinista de mirada solícita sentada a mi lado, puso mi cabeza en su regazo y empezó a despiojarme. Me sentí un poco mandril o mono Rhesus, ¡pero que importa!; los piojos volvían a ser el vínculo ancestral de enlace. No era mucho pero sí un buen comienzo. Otras parejas hacían lo mismo. En poco, ella también se relajaba y entre liendra y liendra me iba contando una historia personal.


Citar fuego me recuerda la vez que trabajaba en un hotel galáctico y una pareja se presentó para pedirme que les de alojamiento, ya que la calidad de mi refrigeradora había llegado hasta su planeta. Estos tipos estaban de luna de miel y me pedían pasar su noche de bodas en uno de los cubitos de la hielera. Les di gusto, pagaron en efectivo. “El hielo quema”, me dijo uno de ellos (nunca supe diferenciar sus géneros) y al despedirse me dejaron una moneda de zinc que me ampolló la mano.
Ahora se ha presentado una pareja de chinches de benceno del planeta Parallax, se acaban de casar y solicitan les de alojamiento en mi duodeno; que solo saldrán por mi recto en las noches para hacerme cosquillas las nalgas y que cuando me rasque dejarán sus huevecillos en mis uñas y que al tocarme la nariz, sus pimpollos se meterán para iniciar la fase embrionaria en mis narices, hasta que ya renacuajos los expulse en una servilleta de papel.
Me han pedido (aderezando con una jugosa propina), que sea muy cauto en doblar esa servilleta de papel en forma de un barquito y que llegado el primer aguacero lo deposite en el agua que pasa calle abajo, para que sus vástagos tengan posibilidades de alcanzar el mar, convertirse en adultos y encontrar el sifón del Atlántico por donde podrán escapar hasta el lugar de fuego en que viven; dadas las revelaciones, me obliga a suponer que la pareja viene del centro de la Tierra.



Tengo miedo: puedo estar en varios lugares a la vez. Anoche me censaron en Quito y en Puerto Venus. Es un craso error haber luchado tanto para desplazarse cuando la mejor manera de ir, resultó quedarse. Ahora, tengo miedo de ser como mi padre. Él está conmigo, bueno esto último es relativo porque cuando lo censaron ayer, también fue registrado en algunas ciudades de los planetas habitables de Capella  y en el satélite menor de un gigante gaseoso de Aldebarán.
Este sentimiento desarrollado contra mi padre no se iguala al  pavor de llegar a ser como el bisabuelo que, antes de morir, en ochenta de sus posiciones simultáneas distribuidas entre las galaxias NGC 345 y la Nube de Magallanes, fue censado en seiscientas tres coordenadas espaciales sincrónicas, dispersas en los mundos habitado del reino de Clío.

Ahora, papá, el abuelo y yo estamos en una playa, de un mar de metano donde a lo lejos gozamos del esplendor de un iceberg de diamante, que en poco, cuando la temperatura descienda se derretirá para espolvorearse sobre el mar, como fécula de canela queda decorando un capuchino caliente. La abuela prepara ponche. No sé qué pasará cuando grite: “¡A comer!”. Posiblemente, ya habremos llegado a la mesa sin movernos de la playa.

Jorge Miño / Quito / 2016

domingo, 4 de enero de 2015

VLEK


Finalista Ciencia Ficción Fantasía y Terror: "Cryptshow 2008".  Barcelona - España.


9 Relatos de Ciencia Ficción.
Registro: Jan 5, 2015 2:59:03 AM UTC | Código: 1501052906627
Tipo: Narrativa, Relato

Cuando el metal se posó en el Campo de Marte ya las begonias estaban desfallecidas, atacadas por el calor de las toberas descendentes, mientras que las agónicas sucumbieron al peso del armatoste galáctico. Se abrió la portezuela y apareció en inicio su esposa, una hembra del planeta Vlek, bípeda, bifocal, prensil por succión con ventosas al final de cada dedo, piernas casi humanas de no ser porque tenía dos fémures; no el juego tibia peroné de nosotros los humanos, por ello caminaba bastante rígida, pero sin ceder sensualidad en el paso que lo llevaba de lado como las enanas horizontales de los circos de Pfifos. Sus “imperfecciones” eran irrelevantes porque ella gozaba del amor del capitán Rivera, su compañero de viaje que apareció detrás, aquejado de insomnio, liberando como palomas blancas sus dientes en una dentífrica sonrisa que cosechó aplausos.
La Rueda de Prensa que ofreció para atender sus hazañas, fue interesante; sin el menor hato de humildad Rivera, visiblemente aquejado de insomnio, narró cómo se las ideó para registrar los mil nombres con que los seres de los mil mundos conocidos se refieren a nuestra estrella; habló de pie frente un cubo atril de nogal sobre el que desplegó la voluminosa bitácora y en calidad de muestra recitó los tres nombres iniciales y cinco finales de todos los soles encontrados: Zuuftz, Calafeo, Iagatán, Ouspoctrix, Aletplom, Ium, Lethaux, Ouplax. El tercero fue un nombre que poseía escritura pero que no sonaba a nada, según explicó luego: un sonido que anula el bullicio; difícil de entender e imposible de pronunciar por los terrícolas, pensamos se trataba de una broma, por lo que nos desatamos en hilarante barullo y objetamos que posiblemente ese nombre nunca le fue dado a conocer y que nos estaba mintiendo, pero su mujer salió al paso en su defensa, anunciando como primicia que ella podía modularlo si estábamos dispuestos a soportar las consecuencias y claro, accedimos. Entonces la hembra vlek unió sus labios, que los tenía carnosos y encendidos, para dejar correr el aire tibio de su aliento y engarzar tal polémico nombre. Vimos danzar su boca sin percibir nada y para cuando se detuvo, sentimos un hambre tremenda, comprobando con asombro en nuestros relojes que habían pasado ocho horas y caído ya la tarde; sin duda se trataba de una pronunciación que aceleraba el tiempo y le pedimos que no lo silabee más porque si se le ocurría repetirla al hilo, podríamos envejecer en lo que duraba esa simple Rueda de Prensa.
Tras las indagaciones de rigor, discursos alusivos e imposición de preseas discurrimos al coctel, fue donde ella me abordó y halló risible la infidencia que le hice respecto a las uvas que ella levantaba, con voluptuosidad de la crátera, para engullirlas sin masticar.
—¡Así que ustedes pisan estos frutos y luego beben su líquido!
¿Podría mirar sus pies?
—Sí... no... Bueno, no aquí. —Temí ser descortés, pero... enseñar los pies ya es media intimidad. Cambié de tema preguntando si existían más nombres extraños en esa bitácora.
—Sí, hay uno que alarga los orgasmos —me dijo con suavidad al oído... tentándome y no me hallé capaz de reprimir un suspiro.
—Nos vamos querida — interrumpió Rivera y la apartó de mi lado tomándola de la cintura.
Se despidieron de la sala, ella besó tres veces mi mejilla en señal de cortesía a la usanza portuguesa de aquella época y aprovechó los intervalos para entregarme un disimulado mensaje: “En la estación del tren esta noche, a las ocho”. Luego salieron al claro de luna, abordaron un Cadillac rosado, réplica para coleccionistas del original de la madre de Elvis y se perdieron en el tráfico.
Estaba loca, los trenes habían dejado de existir hace mil años y solo se podía saber de ellos en cromos antiguos que venían dentro de las cajas de cereal. Coleccionaba de ellos cuando joven y atraído por la idea de recrearme en sus metales, antes de acostarme, los estuve ojeando, maravillado del tiempo en que la aerodinámica marcaba los diseños; mientras que ahora el elemental cubo, aplicado en un crucero de batalla, podía viajar a la velocidad del sonido sin provocar el latigazo sónico. Caí dormido cuarto para las ocho y sin pretenderlo llegué a la cita a tiempo, justo para escuchar el silbato del tren que anunciaba partida hacia Kansas.
Miré discurrir lentamente los vagones de ese tren fucsia y cuando el último vagón abandonó el andén, develó la figura de la vlek que estaba allí de pie con su largo cuerpo, ataviada en una sola pieza de encaje negro. Elevó su displicente brazo por delante y me dio, con un dedo, la señal de acercarme; se me figuró en
tal cadencia el temible anzuelo con que los pescadores de Brakitania desmandibulan sus brontopeces. Avancé, cuidadoso de no tropezar con las rieles, ella desplegó su lengua y la enroscó con delicadeza en mi antebrazo para ayudarme a subir al andén.
—Admiro tu puntualidad —dijo retirando la mirada de su reloj de tobillo y volviendo al piso el taco de su zapato gris— Sígueme.
Con agilidad me dio las espaldas y dejó caer a la cintura la mantilla que cubría su espalda para exhibir en pleno el descomunal tatuaje, en tinta añil, de una enjuta mantarraya perla; afrodisíaca en las tierras de Almanzor, perseguida como trofeo fálico en las cuevas de Elefantina y hervida en pucheros galácticos sobre las estepas polares de Albidomancia.
Nos adentramos en pasillos que vertían oficinas de administración y según avanzamos, la decoración, esmerada en mármoles y granito, fue decayendo para mostrar cavas en eucalipto y pino artificial que acogían enormes bodegas alternadas de “Cosas extraviadas” y “Cosas definitivamente olvidadas”. Me electrizó ver arrumada a un vértice unas muletas para pulpo, con sus cuatro concavidades acolchadas para receptar los muñones respectivos.
¡Por Radamantis! ¡Quién puede olvidar estas cosas! Todavía el olor a tinta de calamar pululaba en el aire y nos tapamos la nariz para adentrarnos. Horadamos la oscuridad de los patios de infrafotosíntesis, reservados al descanso y transbordo de los pasajeros.
Nos habíamos descalzado para deleitarnos con los suaves nenúfares flotantes en charcos de mercurio de exiguo espesor. Estábamos completamente solos y giró caninamente para entregarme el brillo tostado de sus ojos ovales. Me conmovió hasta el tuétano del hueso sacro su extraña belleza. Alargó sus pestañas superiores y las enroscó con fuerza alrededor de mis orejas para acercarme hacia su boca donde su mandíbula fabricó el más rabioso beso que haya experimentado en mi vida. Luego, sin decir palabra, nos desnudamos con prisa e hicimos el amor a la forma convencional, sin ensayar ninguna excentricidad que ella propuso livianamente. Acordamos de frente como deben hacerlo las especies evolucionadas, dándose la cara y leyendo en cada facción, a media luz, la evolución de los siete trozos de pan que deben irse desgranando de cada alma al transferir el genotipo.
Cuando mi esperma, en fauces de galgos blancos, emergían la cabeza para morder las nalgas del mundo, ella pronunció una fracción del nombre de nuestro Sol bajo un dialecto extraño y el orgasmo se nos alargó por doce minutos, que es el tiempo que les toma a los nenúfares flotantes del mercurio dar capullo fluorescente.
—Hola —era ella en el teléfono—. Gracias por llegar a tiempo y hacerme la vlek más dichosa de la parte sur de esta galaxia. Estuviste fantástico.
Colgó al final de la bocanada de aire que tomé para responder.
Más tarde, en la Redacción del “Io Post”, periódico para el que trabajo, llegó un boletín anunciando que ellos partirían en una nueva misión a cierta estrella de la NGC3310. Acudí a la terminal y estuve a tiempo para ver por última vez, tras la ventanilla, su pecosa cara verde olivo. Agitó un pañuelo rosado en señal de despedida y luego hizo el ademán ese, como que tiraba de la cadena en la locomotora principal para desatar el silbato —reímos—. La nave se perdió en los cielos envuelta en una luz nerviosa.
Abandonaba la estación camino al velódromo, a cubrir la final de la carrera de caballos de mar, cuando avanzando delante por la escalerilla automática encontré —no es muy común verlos— a otro de los de su especie; tenía una abultada joroba y estaba por aceptar el axioma de que “las jorobas son el mínimo común denominador en las especies inteligentes”, pues ya antes había visto un cachipanda y dos seres de Obsidio padecerlas también.
Eché a andar para rebasarlo. Mirando de soslayo advertí su perfil bellamente iluminado, giró su cuello, como un puñal anónimo que luego del mortífero pinchazo se ladea indolente, para enfrentarme y contestó lo que pensaba sin hacerle pregunta sonora: “La paternidad nos pone así, es tan bello esperar un hijo”. Estiró sus ojos a la comisura cercana con dirección a las sienes para ver atrás, hacia su joroba donde me aclaró luego yacía el vástago apuntalado sobre su cervical. Terminado de recorrer el andén, nos sentamos en un banquillo y escuché pacientemente las intimidades de su gestación: “once meses dura adentro, al nacer ríe para estimular la entrada de aire en su agallas y salta al primer bastón que encuentra; entonces hay que nombrar padrino al dueño de ese bastón, su nombre debe venir con las circunstancias. Un día entre los tres y cuatro años debe caerse de un quinto piso y el chasquido que emiten sus huesos marca su nombre... y siempre lo concebimos en sueños, nuestra hembra nos visita en sueños y allí nos apareamos, el sufrir de insomnio es el equivalente a la eyaculación precoz... y siempre, siempre los que deben cargar el peso de la gestación somos los machos”.

Son ya tres meses de esa conversación y noto con inquietud que me ha brotado una verruga en la espalda, tengo miedo de verme al espejo y no he dado la cara por el periódico por temor que encuentren mi rostro demasiado iluminado. Ella ha desaparecido, la verruga crece.

email: jminop@gmail.com
Ilustración de "Vleck" para "Ayer será otro día": Sadock. 2013.

NAVIDAD EN TITÁN




Primer premio Ciencia Ficción Fantasía y Terror: "Cryptshow 2011".  Barcelona - España.

AYER SERA OTRO DIA © navidad en titán.

9 Relatos de Ciencia Ficción.
Registro: Jan 5, 2015 2:59:03 AM UTC | Código: 1501052906627
Tipo: Narrativa, Relato
Autor: Jorge Valentín Miño Pazmiño .

NAVIDAD EN TITÁN

Oscurece.
Soy feliz —desde que permiten a los niños saltar encima—. Desde que se marcharon los ingleses y, junto con la cómoda y un juego de té, pasé a esta humilde casa de los suburbios de Killroy. Odio la luz porque sus fotones matan el terciopelo negro de que estoy forrado. Me sacaron de la casa de Lord Archer. Mi tela se impregnó del nuevo hedor liberado de las manos grasientas de los jóvenes captores; prefiero decirlos así, no “saqueadores”, como los llama el noticiero; a propósito, me hago idea de lo que pasa en el sistema gracias al radiecillo mal sintonizado que los humildes tienen en la cocina y alzan el volumen cuando algún vecino, golpea el bambú limítrofe, pide escuchar ciertas noticias, sobre todo de carácter social: que si regresarán los ingleses con los gurkas o si mandarán a sus aliados turcos o solo enviarán a sus caballos a combatir; son especulaciones que me ponen los pelos de punta porque no deseo me salpique ya más sangre.
Pasados largos meses en esta polvorienta casona, hallo consuelo con la llegada del gato moteado que se tiende a dormir en mi regazo cuando los niños, cansados de saltar, les viene el sueño y se marchan a sus literas. Albergaba la esperanza de que pedirían por mí rescate; pero de eso nada, han huido los rubios tras las murallas de Theratoz, hostigados por las pulgas psíquicas, desatadas en jaurías por los ejércitos gringos. Era de suponer que, los otrora aliados, habrían de combatir por la conquista del Sistema Solar; que los norteamericanos y los ingleses se enfrentarían en sitios tan apartados como Plutón o Mercurio. Los primos, ahora se entregaban a encarnizados combates colonialistas. “Marte es para Rusia, para Francia la Luna. Alemania tiene Mercurio ¿y Venus? para España, que sea para España. (bis)... y los casquetes polares de Ío... y una botella de ron y una botella de ron”. Reza el estribillo de la cancioncilla que los corsarios, del cinturón de Faetón/Esculapio, cantan para animarse. Se me ha fijado la melodía a fuerza de escucharla, las veces que la entonaban, en medio de sus borracheras, en la casa del lord, donde yo presidía la sala con otros Luis XV, mientras sus posaderas tomaban querencia y se hundían en mi mullido cuerpo.
En la bandera de los Estados Unidos ya no hay más espacio para poner estrellas, se apiñan al menos 60, de las cuales 30 son terrestres, 15 lunares, 6 venusinas, 2 de un satélite joviano y el resto marcianas. Va quedando cada vez menos espacio para las franjas.
En la tarde de ayer transmitieron desde la casa victoriana en que se firmó la rendición inglesa y se comentó vivamente la afrenta del comandante Overton al recibir la bandera enemiga del Tercero Mecanizado Támesis —el gobierno inglés se comprometía a retirarse y ceder los procesadores de metano—. Overton tendió la bandera sobre la mesa y sujetó las esquinas hundiendo cuatro puñales, que sacó livianamente de su cinturón y se entregó, con su ayudante, a una partida de tres en raya sobre esas líneas rectas y oblicuas de la bandera inglesa, obviando el saludo y dejando la mano extendida al general que capitulaba. El juego lo ganó su ayudante; un tal John Sherman, el mutante de cabeza afeitada que terminaría luego, con una bala en el cráneo en la toma de los casquetes polares de Ío. De esta escena se acuñaría el estribillo pirata: “...jugaron sobre nuestra bandera a las tripas del tres en raya, una botella de ron y una botella de ron, pero en Ganímedes la bandera flameo (con aire artificial) para hacer saltar lo sesos de Sherman el profanador... y una botella de ron y una botella de ron”. Retiró las fichas del tablero improvisado y dispuso sobre ella botas de licor y pechugas de avestruz para convidar a todos sus esbirros.
La bombilla de la luz encendida en el corredor es una navaja que parte el alquitrán de la espesa noche. Los niños ya se han ido a dormir y el gato ronca en mi cojín.
Veo sus sombras que anteceden a los cuerpos, como el relámpago precede al trueno. Era tiempo de Navidad cuando regresaron y resaltaba en la habitación, como un casino al que se le olvidó pagar la planilla de luz, la silueta de un Papá Noel, crucificado sobre tablillas en madera de arce. Lucía un bonete rojo con blanco asfixiado por un tallo de espinas de látex. Impresionante figura oronda, hinchada de manos y pies con el cinturón demasiado ajustado alrededor de su voluminoso vientre.
Atendía su pasmoso rostro expiatorio cuando entraron los ingleses disparando y el gato se evaporó del susto. Las esquirlas escindían las tinieblas y el paquidérmico resplandor de los tanques ocupaba todo el ancho de la avenida principal. La noche se encendió de color naranja y el gusto sulfuroso de la muerte blandía su hoz sobre los bandos. Entraron dos soldados por la ventana forcejeando con una bayoneta y tras girar, el que tenía menos ventaja no se levantó, sumido en un charco granate; quedó prensado al entablado con ese alfiler de grueso acero.
Podría ser el olor de la manzanilla en el aire de esa espesa noche, que me vino una comparación irracional. Hallé al soldado USA, así, prendido al entablado, como una mariposa papillón, agregada a una colección, con su bello uniforme azul camuflaje enmarcado por gruesas franjas negras que indicaban su rango militar, mientras las alas abiertas de su plexiglás antitérmico titilaba al viento.
Aparecieron más soldados y me destriparon con la maligna naturalidad que los niños arrancan flores; rasgaron mi tela hurgando en mis entrañas.
Dicen que cuando las vacas comen pasto húmedo se les hincha el estómago y la medicación consiste en que el granjero tome un huevo y se lo meta por el trasero, con ello se afloja el estómago de la vaca y se va en diarrea con olor a césped decapitado. El puñado de soldados que entraron en el acto hurgaron mis entrañas, sacaron los planos de mi interior, los metieron en un porta mapas, volvieron a la calzada y se perdieron entre las tinieblas sobre sus bicicletas militares.
Recordé, que en la mueblería, cuando el ensamblador me entregó mi plan de vida me había vaticinado: “...saquearán en tu interior y encontrarán el mapa de la discordia al fondo de tu vientre, donde es más aguda la mancha de mostaza, junto a los ácaros náuticos y el amplificador de audio que dejó caer el sultán Abdel Bari el día que fue a ver al Ministro para pedirle que no sacrifique, por amor de Alá, más camellos de tres jorobas en los suelos de Nueva Irán.
Lord Archer, ante la inminente llegada de los soldados, escondió en mi interior los documentos, luego blandió su espada de balsa acerada sobre los intestinos del personal de servicio, para que no revelen el ocultamiento y huyó.
Guardaba el secreto, hasta que enviaron el grupo de asalto para recuperar los planos de la máquina. Pronto, con el alba, un enjambre de langostas de metano se dará cita para anegar las sombras con la luz de sus fauces.
A pesar de la larga noche rica en eventos patrios, me sentía todavía útil; tomando en cuenta la herida en el cojín lateral, del que me brotaban hilos de plumón; si de pronto, entrara por el rectángulo de la puerta, infestada de luz, un forastero, agotado de andar por el campo buscando grosellas, podría sentarse en uno de mis tres cojines ilesos y hacer una siesta; acostarse si lo deseara. Era útil todavía, cosa que no puedo decir del Papá Noel crucificado, al que; con los tiros de esa noche, le habían partido las canillas.
Un villancico, con efecto doppler, suena a lo lejos.

Amanece.
email: jminop@gmail.com
Ilustración: Sadock. 2013.