martes, 20 de diciembre de 2016

Estampida

Jorge Valentín Miño.
Palabras claves: exoplanetas, viaje, humor, misterios.

La teniente Vargas (está guapa no?)

El viaje espacial es sin retorno. Está previsto que el Sol se convierta en poco en una enana roja y engulla a la Tierra. Se saturó la desbandada terrestre a refugiarse en los atestados  planetas exteriores.  Nuestra misión viaja  hacia Gliese 581 c, un planeta que orbita la estrella Gliese 33, ubicada en la parte central de la constelación de Piscis a 20,5 años luz de la Tierra. No volveremos.
La luz que nos rebasó, era del tamaño de una pelota de golf y resultó ser una nave terrestre. Con el ánimo de aclarar los misterios de su aparecimiento tuvieron la gentileza, antes de esfumarse, de arrojar en nuestro buzón un monólogo explicativo sobre su aparición: “Somos la nave Tláloc III de origen terrestre. Al acercarnos a un octavo de la velocidad luz nuestra apariencia les parecerá sobrecogedora, pero es oportuno destacar que somos un crucero de normal envergadura con cien tripulantes. Adiós”.  Las especulaciones sobre su aparecimiento y repentina huida fueron aclarados por la Tláloc II, que nos alcanzó después; nave algo más lenta y al tamaño de una pelota de gimnasia. Una representación holográfica de su capitana, surgida sobre la mesa del comedor en horas de la cena, arrojó nuevos pormenores. Dejé de engullir los frijoles para atender la exquisitez de sus botas, en cuero de caimán de la Florida. Enmudecí ante las piernas mejor torneadas que un alfil de ajedrez, a tono con unos muslos exquisitos engullidos por su apretada minifalda. Habló con anacronismo:
—No temáis terrestres. Viajamos a Gliese 33 al  igual que vosotros y es para mí, junto a la tripulación que presido, motivo de orgullo alcanzar a la nave Horus, célebre en los libros de historia que registran la expansión de la raza por el Universo. En verdad os admiro. Fuisteis la primera lanzada en viaje para prospectar un exoplaneta de apariencia terrestre. Vaya que me conmueve haberos dado alcance —dijo y se levantó la blusa para dejar expuesto su pecho—. Pido, si no os incomoda, como testigo  de este encuentro, estampe vuestro comandante un autógrafo en mi piel.
Ya complacida desvaneció su inquietante presencia, llevándose la nave consigo.
Por lo suscitado, eran altas las posibilidades de que aparecieran evidencias de la Tláloc I, así que ordené amplificáramos los sensores y se montara guardia en las ventanillas. Esto dio frutos cuando, parsecs adelante, captamos una señal en el monitor sinestésico: sonidos verdosos, ácidas texturas, apestosos arpegios. A nuestras luces de contacto, respondieron ellos con una frase en imperativo:
—¡Háganse a un lado! —pronunciada como si no tuvieran a la derecha la mitad del Universo y a la izquierda la otra mitad con suficiente espacio para rebasarnos. Noté, apegado a la condición humana, que era una manera de hacernos sentir mal, dada su velocidad en relación a nuestra parsimonia. Asustados por un chirrido y zarandeo de nuestra nave, cuando pasaron muy cerca, enviamos al exterior un ojo de tantra (robot ocular para observaciones metacognositivas). Los infelices nos habían rayado la “carrocería” con un bajorrelieve en la imagen de una tortuga de ojos cansados que levantaba una pata para dar el siguiente paso. Pensé que la simbología era ofensiva y convoqué a la tripulación para un debate sobre su significado, lo que arrojó a las claras ser un insulto y etiquetarnos así como “lentos, pesados, torpes, pausados, flemáticos y acompasados”.
—Lirios negros. Pelusa contrapuesta. Aceite de retardo nuclear. Es posible que encontremos por delante una nave aún más lenta que nosotros y yo me encargaré de pintarle al aguafuerte, sobre su “carrocería” un caracol. Lo prometo —postuló uno de los androides de servicio.
—Te avisaremos. Gracias.
Al dios azteca Tláloc lo representan coronado de plumas de garza y esparciendo semillas de maíz y frijol que después la lluvia hará germinar. Tláloc, el dios de la lluvia, el señor del rayo, el que hace fluir los manantiales. Oportuno el nombre con que bautizaron esta serie de naves que nos rebasaban. ¿Existirá una Tláloc IV? —Dejé expuesto mi pensamiento en alta voz ante la mesa de reuniones y pasó un año terrestre hasta que acudió la respuesta: “Si así aconteció debió alcanzarnos en primer lugar”.
Realizaba un balance sobre combustible, víveres, personal y objetivos de la misión cuando fui interrumpido en mi despacho.
—Masternauta, han tocado la puerta de la nave. ¿Debemos abrir?
La situación que me presentaban era inoportuna. Si algo se hubiese aproximado, estaría en el radar. La computadora central me confirmó que los perceptores estaban en buena forma, así que no había error. Acudí a la puerta y efectivamente, mis oídos concluyeron que alguien golpeaba.
—Es un sonido como si estuviese lloviendo afuera y alguien buscara posada.
Dispusimos el habitáculo de rigor frente a la puerta, para no perder oxígeno y abrimos. Del otro lado aparecían tres delgados hombres que usaban vaporosas telas de color verde encendido, se mostraban descalzos y tenían en el rostro los colores de la salud.
—¿Es esta la nave Horus? Inquirieron tímidamente.
—Sí y ustedes deben ser la Tláloc IV, según deduzco —me atreví a vaticinar.
—No. Lo sentimos, la Tláloc IV estalló a diez minutos de tomar pista a las estrellas.
—Lo siento. Es una fatal noticia —expresé mis condolencias.
—Nuestra nave es la Odín, también de origen terrestre. Fecha de liberación de la gravedad, el 17 210 de la Décimo tercera Era Délfica —Giró el hombro para dejarnos ver su parche espacial cocido en el hombro. Reconocí al dios de la mitología escandinava exhibiendo los símbolos de su poder: lanza mágica y yelmo alado de oro. Odín rodeado de los cuervos Huginn (pensamiento) y Muninn (memoria), junto a los lobos Geri (ansiedad) y Freki (glotonería), que le llevan noticias de cuanto acontece en el mundo.
—Esta esfera es Gliese 581 c, nuestro objetivo común —amplió detalles, señalando en su parche la esfera azul verdosa suspendida en un negro intenso salpicado de diminutas estrellas.
—Bueno... pasen… sigan, pónganse cómodos. —propuse y ordené abran una gaseosa familiar, un plato de mellocos y algo de pan de leche para agasajar a los recién llegados. Sobre los pormenores narrados por los visitantes sobre la Tierra en esos años de viaje en que perdimos contacto, había un lapso significativo con notables avances tecnológicos importantes y de todo ello nos maravilló que ahora pudiesen viajar con sus familias. Nosotros éramos solo hombres (me apena decirlo, con muñecas de plexiglass de apoyo amatorio), pero ellos podían reproducirse y a la hora de nuestro contacto ya tenían niños de pecho en su tripulación (sana envidia). Insistieron en que aceptáramos sus obsequios antes de partir y que los abriéramos solo cuando ya se hubiesen marchado. Con lágrimas en los ojos nos abrazamos y despedimos tras compartir una cazuela de mariscos espolvoreada en ajonjolí ácido, que mandé exclusivamente a preparar para atender su partida. En poco, Odín encendió sus motores y se perdió de vista.
¡Celebraríamos la Navidad! —lo decidí, así repentinamente, sin importar que en ese año sería junio en la Tierra—. ¿Hace cuánto que no teníamos una Noche Buena? En un ataque de locuacidad imaginativa, dispuse que en los cuartos fríos del coagulante de refrigeración montaran un árbol de pino con bombillos y luces de colores. Los droides improvisaran villancicos y personalmente, abriría los obsequios dejados por los extranjeros al pie del arbolito.
Daba apertura a la primera caja cuando fui solicitado con urgencia al cuarto de máquinas para atender el aterrador informe de que el motor principal no estaba y que sobre su desvanecimiento, las cámaras de seguridad apuntaban a los extranjeros como culpables. Sin el motor, estábamos varados y el viaje no prosperaría.
—Masternauta, —levantó el alférez uno de los obsequios dejado por los visitantes.
Llevaba marcado mi nombre y lo abrí con cuidado de no romper el celofán. Se trataba de un mapa sideral de ese cuadrante con quince parces de radio. Instrumento muy útil sin duda y llevaba una nota al pie: “Gracias, lo sentimos mucho, pero si lo hubiésemos pedido sabemos que no nos hubiesen concedido. Se nos descompuso el sacapuntas de a bordo y su modelo de reactor nuclear es el único que podría echarlo a andar nuevamente. Tuvimos que robarlo, lo siento. Es de muy mal gusto, usted lo sabe, escribir con puntas romas”. Firma: Dominique Sebastopoulos, comandante del Odín.
Me entristeció la idea de que nos hayan dejado cagados, a medio camino de ninguna parte, solo por atender una nimiedad sin la que se puede vivir. Me eché a llorar sin importar me vean y el ejemplo que pueda dar a la tripulación. Me encerré en mi camarote durante semanas para meditar en la compañía de una botella de whisky y agua seltz. Me emborraché y dormí en abundancia. A mi salida, días después del lamentable evento, descuidé usar uniforme y entré en pijama, despeinado y mal oliente a hurgar la alacena en busca de comida y pastillas para el dolor de cabeza.
—¡Masternauta! Qué agradable sorpresa tenerlo con nosotros nuevamente —habló así el tercer oficial que también era el cocinero y salía en manos con un humeante charol colmado de humitas de dulce. De su propia voluntad, en el acto, me preparó unos huevos revueltos en aceite y ajo más una taza de café. Me crucé de brazos apoltronado ya en un alto taburete y fue cuando me mordí el labio queriendo hablar mientras comía por encontrar con asombro la evidencia de movimiento en las estrellas deslizándose por la ventanilla.
   ¿Está usted bien? —preguntó el oficial.
   ¡Santo Cielo! ¿Cómo es que estamos otra vez en marcha? —me levanté para volcarme a la ventanilla.
—Se lo explico. Cuando se marchó la Odín, dejaron su basura espacial flotante a la deriva, la recogimos y ¡adivine qué! ¡Oro en esas fundas! Nuestros científicos apartaron la basura de la basura, usted comprenderá, y se toparon con retazos de una máquina, ignoramos su función, de la que han reparado y adaptado su motor y listo, ahora, con su ayuda viajamos a un octavo más de la velocidad que teníamos y llegaremos un poco antes de lo previsto. 
Me condujeron a ver ese artilugio. La sala de máquinas lucía renovada y efectivamente, en el medio giraba insonoro un cilindro azul transparente con bolitas grises, el motor calzaba en el compartimento y se alimentaba perfectamente con nuestro combustible.
—¡Gracias chicos! Buen trabajo. Si aparece la Odín II, les disparamos sin preguntar. ¿Entendido?
—¡Sí señor! —unísono.
—Ya no podemos correr riesgos. —Bostecé y volví a mi camarote.
Vivimos, luego del incidente, un periodo escaso de emociones y convenimos hacer reuniones esporádicas, para comentar las visitas de las naves terrestres que nos habían visitado y así mantener viva la memoria histórica; además mandé, para ratificarnos que no fue alucinación lo que vivimos, a entrenar un loro mecánico para que en los inicios de año repitiera: “Fuimos visitados por otros humanos, fuimos visitados por otros humanos… ”. La frase del pajarraco se volvió un detonante que disparaba las expresiones creativas de la tripulación rememorando los eventos. Video, teatro, títeres, arte plástico, comic y otros recursos apoyaban la persistencia del inconsciente colectivo. Estas eran nuestras “Olimpiadas de la Memoria”, si cabe el término.
Reconfortaba saber que respetábamos el camino trazado y que haya sido también abordado por nuestros predecesores en sus bólidos lumínicos. Nos esponjaba de orgullo, como una galleta en un vaso con agua, el saber que nuestros científicos terrestres no descansaban en diseñar y en construir naves cada vez más veloces y lanzarlas al espacio con gente tan díscola. Solamente había la oscura sospecha de que esos adelantos técnicos hayan sido el resultado de la guerra —es sabido que acelera la inversión tecnológica—. ¿Guerras por el agua?, ¿religiosas? o ¿por cambios climáticos? Serían preguntas que esperaba hacer si nos daba alcance otra nave terrestre.
—Buenas noticias Masternauta, estamos por llegar —me informaba la teniente Vargas. Se trataba de una mujer eficiente que llevaba la lógica del ahorro al extremo de para ganar tiempo al nuevo día desayunaba en la noche anterior; era así de extraña esta mujer, pero bullía en ideas y ese era su don. Ultimadamente había conseguido mi aprobación para inaugurar un cine en la nave, algo de elevado ingenio y muestra de chispa creativa. El sistema consistía en insertar, al azar, en las almohadas de los tripulantes una registradora de memoria onírica; algo simple, pese al nombre rimbombante este que le han dado (Cine Cronosubjetivo) y consistía en una caja, que entra holgada en el puño cerrado y su tarea es la de filmar los sueños. Que el sistema de edición sea de carácter aleatorio permitía editar lo más extravagante de los soñadores, cinta que Vargas las proyectaba en los salones públicos, con provisión de canguil y nachos, al mejor estilo de los cines 3D del siglo XX. El personal gusta de estas exhibiciones y los estudios recientes indican que otorga idéntico masaje cerebral que ocho horas de sueño, por lo que nuestro médicos lo recetan a los que salen de las agotadoras guardias de avistamiento para ejecutar maniobras evasivas contra los asteroides de eventual impacto (inclúyase estrellas errantes —100 km. por segundo—).
—Masternauta. ¿Entramos en maniobras de aproximación?
—Sí querida. Será un alivio la idea de estirar las piernas. Gracias. —dije devolviendo el limón al plato de china y meciendo mi taza de té. Con la porcelana en mano, me dirigí hacia la cabina de mando para ver la estrella destino crecer ante mis ojos como lo haría en el beisbol una pelota lanzada en dirección a la tribuna. La teniente Vargas me había seguido de cerca. Atendí su observación:
—Pero hay algo más señor. Se trata de una nave. Aquí. Esa pequeña mota entre Aldebarán y Sirio. Humedecí mi pañuelo con mi aliento y lo restregué sobre el panel. Efectivamente, no era una mancha de este lado de la nave y pensé que podría estar del otro lado pero, aunque eso era posible, no saldría para comprobarlo.
—Comuníquense. Envíe un mensaje en todos los idiomas conocidos.
—Lo hicimos ya. Son terrestres. La abordaremos por la mañana.
En el espacio no hay mañana ni noche y para palear esta deficiencia de salida y puesta del sol, los biólogos del proyecto dieron como solución radiar por los altavoces la intervención del canto de un gallo a las seis de la mañana, hora de Madagascar.
A una hora extraña en que me debatía entre dormir con pijama o con una camiseta del Deportivo La Coruña, cantó el gallo y salí al puente.
La nave resultó ser un trirreme vikingo y subestimando su forma y velocidad, aprobé se ejecute la idea del droide que propuso, unos parsecs atrás, marcar en su carrocería un caracol. Resultaba tonificante encontrar en el espacio algo más lento que nosotros. Les rebasamos, abollamos su carrocería y descendimos.
Precedía, a la bandera terrestre, el estandarte de la Horus con la inquisitiva envergadura del halcón con cuerpo humano. Como esperábamos, el viento era intenso y ondulaba magníficamente nuestro blasón. Había ensayado, con antelación, lo que diría al tocar tierra; serían unas breves palabras para heredar a la posteridad, diría: “Reclamo esta tierra en nombre de la Confederación humana…”, pero, obra del azar, ocurrió que resbalé, estando por abandonar la escalerilla de desembarco y la alocución que me salió fue: “!Quién puta mierda arrojó esa cáscara en el suelo!” y eso pasaría a los libros de historia, en vez de mi calculada oratoria.
—Es el simio mascota del cocinero que ha salido antes y nos ha precedido topando tierra. Mírelo allí, en ese “árbol” —intervino Vargas, muy lúcida en sus observaciones.
—Está bien Vargas, que no sea vaticinio esto y en lo futuro sean los simios quienes reclamen como suyo este planeta y se revelen. Haremos algo, encierra al mono y altera los videos del desembarco, usando tu artilugio recolector de los sueños: escoge de todos los sueños de la tripulación registrados en el último año luz de viaje, uno de carácter premonitorio, que me deje bien librado para los libros de historia y reemplaza estas burdas escenas.
Vargas acató el pedido. Pasados unos días en que nos acomodamos en una caverna de granito al pie de un mar hinchado de vida, me mostraba los videos finalistas y de los que más me gustaron, elegimos el de una cosmo bióloga que narraba de la siguiente manera nuestra llegada a Gliese 581 c: “Emerge en el horizonte el plato metálico de la Horus, liberándose por su velocidad, de una nube enrarecida de color plata...” Aparecía un primer plano de mi rostro en la ventanilla, con el brillo de la dicha agazapado en mis ojos radiantes de ingenuidad. Vargas, detrás, recogiendo esa lágrima para donarla al archivo como vestigio de ese momento cumbre en la vida del hombre en que, abandonaba su cuna para gatear en un mundo gemelo. La nave descendía, se abría la puerta, aparecía la bandera terrestre, luego el blasón de la Horus y detrás el desfile que, al son de saxos y baterías, arrancaba en un vistoso carnaval, la tripulación, guiada por quien les habla, tomando definitivamente, a paso resuelto, la pertenencia de este planeta. Muy detrás, cerrando la marcha, sobre la nuca de un soldado, presentaba al mono comiendo una banana y guardando educadamente la corteza en una funda para desechos orgánicos. Quedé satisfecho con la manipulación autorizada de los videos de desembarco.
—Masternauta. Ha regresado la patrulla. No hay evidencia de las Tlaloc ni de la Odín que hayan llegado y expandido su influencia en este planeta. Radiamos en todas las frecuencias y el espectro de vida solo muestra sobre Kepler 10-b a criaturas aladas y exoesqueléticas con base en ADN de tres espirales, muy ajena a nuestra configuración y a esas babosas enormes.
—De muy buen sabor por cierto —acoté. Ya había, en privado, saboreado algunas.
Encontraron una ciudad próxima. Hicimos el camino abriendo trocha con nuestros machetes sobre la tupida maleza. Lo único rescatable era la presencia de estos persistentes caracoles que nuestros galgos los comían con delectación. El espectrógrafo gastronómico, arrojaba vestigios de fructosa, zinc, triptófano y carnitina en su composición y viendo que no les hacía daño a los animales, algunos de los nuestros también los probaron. Encontrándolos personalmente sabrosos ordené que los recolectaran y transportaran a la nave para la cena.
Avizoré un terraplén con las ruinas de una desvencijada puerta de bronce. Reconocí en la simbología de sus relieves la presencia de alguna de las misiones Tláloc. La observación fue corroborada por la inscripción al pie con los nombres de los integrantes de la misión Tláloc III repujados en planchas de granito rosa. Pero sus hacedores no estaban.
El resto del trabajo y las conclusiones las sacarían los arqueólogos, así que dejé todo en sus manos y me retiré al vivac para revisar como avanzaba la cartografía del planeta, gozoso de saber que los climas, en todas las latitudes, eran favorables a la condición humana.
Esbozaba la manera de repartir las tierras, explotar los metales y redactar ciertas leyes para aderezar de armonía a las colonias. Recibí periódicamente hallazgos reveladores. Reseño lo destacado en el orden que me fueron expuestos:
Auizad resultó ser el nombre de la metrópolis y retirada la maleza mostró solo ser la punta de un iceberg de construcciones monumentales que se tejían por todo el continente y poseían, a la hora de su desaparición, aquello que marca a una civilización evolutiva en la clase 3, según el catálogo Obert Simpson: desarrollo nuclear, apatía por el prójimo y decadencia de los combustible fósiles.
Habían sido terrestres efectivamente, datos corroborados por la exhumación de sus osarios, progenie de la Tláloc I y II fusionada, según los libros digitales encontrados en sus bibliotecas que revelaban su arribo, auge y caída. Luego, debido a una mutación, los humanos degradaron en esas babosas que nos comimos sin saberlo. (Escupitajo al suelo).
Los estratos expuestos por la excavación, mostraban enormes peinillas de hierro que habían sido instituidas en sitios de culto. Posiblemente atribuidas a la existencia de los cabrones que nos robaron el motor, pues muchos de mi tripulación, en la visita, notaron esa manía constante de usar peinillas recurrentemente para acicalarse el pelo con enfermiza delectación y mirarse al espejo para acomodarse las gabardinas. El asunto fue concluyente cuando encontramos otros utensilios de belleza bajo un afiche de Elvis, eran restos de carbón vegetal, leños, huesillos de roedores, conchas de mar… Mummi y Nummin ni más ni menos, presentes en lo frontal y anverso de monedas en bronce…
Masternauta.
Estoy llenando la bitácora.
Pero… es importante.
— ¿De qué se trata?
Los vikingos, el trirreme que rebasamos, ha llegado a la playa. Los hombres rubios merodean la costa. Amenazan con quemar el campamento si no hablan con nuestro regente.
Era verdad, allí estaban, corpulentos e inquietos, descalzos jugando en la arena beach voley. Apagaron las risas y detuvieron la pelota a mi llegada.
Hola, solo estamos abriendo camino al comercio. Estamos de paso, nuestro objetivo es esa luna de hielo, el clima va con nuestro flemático temperamento. Necesitamos sus máquinas para recoger algo de vanadio y nos iremos. A cambio de sus favores les entregaremos esto; son organismos parasitarios que por, un poco de agua, ceñidos en el paladar del huésped, soltarán en su torrente una sustancia que atenuarán los radicales libres.
Les ofrecí consultarlo con el Concejo de Ancianos (solo dije que había un Consejo de Ancianos para impresionarlos), pero no he vuelto por allí, ni pienso hacerlo, detesto el vóley de playa. Quizás; si practicaran el indor, la cosa estuviese mejor encausada. Por si fuera poco los caracoles, que resultaron inteligentes y versados en litigios legales, me han entregado una denuncia: indican que embestí intencionalmente al trirreme vikingo y que debo arreglar el vehículo y pagarles indemnización (Revisaré en la caja fuerte de la nave, me parece que la Horus tiene algún seguro que cubre estos imprevistos).
Esta mañana, nuestras máquinas escrutadoras del cielo han confirmado con sus lentes que ha ocurrido lo esperado: el Sol se ha convertido en una enana roja y engullido a la Tierra.

Como detalle pintoresco, cito que el mono ha preñado a una especie de mamífero local. Abdico y vuelvo al espacio. Vargas se quedaría al mando.

jueves, 13 de octubre de 2016

MANUAL PARA ESTRANGULAR A LA MONALISA




Manual para estrangular a la Monalisa

“…a qué fuerza misteriosa del caos, a qué aquelarre de fractales; a qué colisión de olas negras y blancas arenas le debemos habernos conocido. Vivía feliz solo, era tan simple mi vida, como un gusanillo que horadaba su hoja fresca y devolvía de sus estómagos la pulpa, para seguir masticando todo el día. Martillaba el bolo alimenticio para extraer los nutrientes de su verde jugo, esa era toda mi álgebra; ahora, soy otro, más cadavérico, más parecida mi tez está al humo que al durazno y un aroma de fruta putrefacta merodea mi corazón atormentado.
Pensaba, hace poco, que los venenos venían de las mordidas de las ratas blancas y la peste cruzaba a mi continente desde las infecciosas vísceras de estos roedores y que podría morir si no me atendían con kiocilina. Para tu mirada, para tu mordisco, para tu aruñar, para incluso tu frialdad repentina, busco remedio. Ahora, lo oscuro me es familiar. Emparentado estoy con los callejones poco iluminados en que el gato oscuro deja el olor de sus sienes. Se ha derretido la nieve por acción de la orina caliente de mil hienas castradas, han derribado su endeble cuerpo y ahora lo devoran. Esta tarde, yo esperaba el barco de tu voz a que me transporte en la quilla de tus palabras y apenas arriba un esquife de cobre desquiciado de oxígeno. Univitelina sensación de resquebrajarme infinitamente si no estás y no transformarme, ni en mariposa ni en murciélago.
Hablamos hace poco; ahora estás viajando a Kalibraltar, te alejas y solo queda, al final de mis dedos, en vez de brazos; una cátedra de huesos con la temperatura del mármol en los nichos saqueados. Soy extraño, abrevo del arte, lo sé, así me insufló el esperma fantástico y en medio de este gazpacho proceloso estás tú, que no te interesa mi literatura; hablamos poco de Stentzhill o Maxhellm, incluso a Noa Ex nunca la topamos en nuestros diarios intercambios de tinta sonora. Podrías decir que no son imprescindibles, que la vida de ellos no importa si estamos juntos. Gran mentira. ¿Por qué no haces el intento de conocer a mis amigos?, esos espectros que me dan cuerpo y me hacen sentir menos fantasma...
—¿Ciudad del Tíbet en que florecen las tempestades —de ocho letras?
—Shigatse —pensé la solución y la di, dejando de lado la carta negra que buscaba ensamblar.
—¿Facultad de los perros de subir a los columpios y defecar boca arriba?
—Hokir
—No... de seis letras —aclararon.
—Hokirr —corregí.
Dejé de pensar en ella para reclinarme en la silla y atenderlos, porque, de seguro preguntarían más y no descansaría la Hermandad de la Comadreja, con sus miles de involucrados, hasta solucionar el crucigrama; después de todo me había registrado en el grupo para esto: solucionar crucigramas.
—¿Ritmo musical que, acoplado a un cincel, es usado por los vandálicos para derribar a los hombres de pirita? —lanzaron una nueva pregunta.
No conocía la respuesta. Entonces apareció la voz de Maverick Borgia para responder, tan oportuno como siempre el monje custodio de la biblioteca de los carmelitas en Posidonia. Gracias a él nuestro grupo de trabajo había ocupado sitios estelares frente al reto lanzado por la máquina y gozábamos de insignes premios; refiero el último, este aditamento con las imágenes de los atardeceres probables vistos desde un mundo de azufre y hielo situado en el ojo de Vesta. Es allí, sobre esas imágenes borrosas y difíciles, llenas de hollín sobre las que he ido a caer las noches en que llego defectuoso, tras las pesadas horas de trabajo.
Cesaron las preguntas. Acabamos, con éxito, los bordes del cubo y por un momento nadie hablaría más que yo en mi cabeza, entonces volví sobre la última de las Monalisas; a su lejanía, a componerle la carta negra, que salía ya un poco gris, algo más optimista, luego de entregarme a la solución del crucigrama:
“… Volver sobre los verbos nuestros a pasar revista lo que somos.
Hablar: y qué si a veces no tenemos nada que decirnos. El silencio flotante entre nosotros, también suena a algo; puedo en él sentir que estás cerca.
Esperar: esperaré tu sonrisa en casa así no llegues, así tardes, así no vuelvas jamás. Te esperaré en casa porque no conozco otro lugar para vivir la intimidad. Te esperaré en el interior de mi cuerpo, que es tu hogar.
Dormir: caigo y muero, la almohada me succiona. Es lo que hacemos solos cuando partes a Kalibrartar. Cerrar los ojos es ensayar la manera de morir, pestañear es desafiar a la muerte. Mirarte fijamente es la manera de estar vivo. Que sueñes en las gárgolas.
Contar: Dos es el número mágico. Somos uno, indivisibles y distantes. Contamos tres al despedirnos, seremos cero al alba.
Comer: ven... tendré uvas, agua, pan y uvas y pan y agua, ven.
Despedir: “Chao”, palabra odiosa que nos aleja. Es una manta raya sobre los oídos, electricidad que nos distancia y la neblina cubre nuestros cuerpos hasta el “Hola”, tan de buen gusto...
—Rey de 1,73 de estatura. Pintado por Clouet —interrumpió mi carta una nueva pregunta.
En el camino a resolver el crucigrama entrábamos ahora a los cubos interiores, calzaría la piedra en forma de gota que debe poseer el sujeto en su plexo solar para coincidir con la perla en la misma posición de Elisabeth de Austria que ya estaba ubicada. Yo no tenía idea de dónde podría estar un Francisco I, de seguro a él se referían, como lo confirmó el profesor Stanislaw Helm.
—Yo lo traeré —propuso una voz carrasposa, del otro lado del mundo, en Vanikoro sobre las Islas de Coral—, calculo unos quince minutos de telesufrimiento, si están todos de acuerdo.
—Capa Beta Épsilon —contestamos al unísono los miembros de la Hermandad y la voz masiva retumbó en mi cabeza obligándome a ingerir una cápsula de menguante para atenuar la fidelidad extrema del contacto. Así estaría mejor. Los escuchaba sin gran intensidad, casi desenfocados. Nos habíamos comprometido a entregar lleno el crucigrama antes de que entre el alba en el sur de Tasmania y nadie se negó a recibir su parte de sufrimiento ante la promesa de Francesco Vigeé, “el apuñalador” de traer, lo antes posible, la pieza y colocarla en su sitio correspondiente. Hasta que eso pasase, habría nuevas preguntas.
—(pregunta doble) Prestamista basado en el original perdido de Jan van Eyck. —con esa pareja tendríamos llena la parte inferior del cubo y sería un alegrón visual, empuje motivador para encontrar las piezas faltantes. No había duda que se refería a “El prestamista y su esposa” de Joseph Stanlitz.
—Sé dónde están. Es de Quentin Metsys —me había equivocado—. No tardaré mucho en traerlos —dijo una voz desconocida que, por la lejanía en la señal, posiblemente vendría del asteroide Karac o un poco más lejos quizás, posiblemente de alguna colonia en los anillos de Saturno.
—No estoy tan lejos, la señal les parecerá débil a mis camaradas terrestres porque estoy en la cara oculta de la Luna, administro un motel y por casualidad la parejita esa que buscamos está registrada a un tiro de fusil en una cabaña cercana. Creo que son ellos porque llevan las pertenencias obligatorias, que exige la obra a saber: el espejo convexo que lo han puesto sobre mi mesa de registros y refleja, con total nitidez, el huerto o patio poblado por algunos árboles y la torre más lejana de la iglesia.
—Sí... es esa intrusión de la realidad externa la que da alusión a la clientela que frecuenta la casa del cambista. Ella usará un traje escarlata y él uno malva, con gorra en cuero de cervatillo café y negro —aportó el profesor Stanislaw Helm.
—Así es. Confirmado. Salgo por ellos, igual; pido que acepten la cuota.
—Capa Beta Épsilon —respondí en lo que me tocaba para aceptar mi parte de telesufrimiento. Tomaría un buen rato hasta que maten a esas personas y ubiquen sus cuerpos en los casilleros del crucigrama, así que; encendería el televisor y dejaría de lado la carta negra que estaba componiendo, por encontrarla ahora, luego de la tarea en común, ya de matices grises. El trabajo en equipo me ponía de buen ánimo y los oprobios del amor palidecían ante la ilusión de resolver un buen crucigrama, ayudado de tantos seres amigables integrados a mi pensamiento.
El relax me duró poco, apenas fui testigo de alrededor de quince vueltas de la Fórmula Uno en el circuito Mercurio—Venus, cuando Hyacinthe Guardi de la escudería Mexico Pop Corn Glup, la MPCG, entraba a los pits para cambiar alas y repostar. Apagué el monitor para atender la llegada de mi cuota de repentino dolor, que resultó ser de gran intensidad. Desconocía si correspondía a la muerte del Prestamista y su esposa o a la de Francisco I. “Asesinar sin dolor es repartir el sufrimiento de la víctima entre todos los que quieran hacer de asesinos”, rezaba en el frontispicio de la Hermandad de la Comadreja. Más tarde cuando ya había bajado la intensidad de la punzada en el pecho y desplazado a sitio menos incómodo el dolor cervical y me dejó en paz un tirón de los riñones, por los de Control supimos que habían repartido y asignado, al mismo tiempo, los sufrimientos de los ajusticiados.
Detestaba escuchar los posteriores detalles en que se adentraban los encargados de conseguir esas piezas, entrando en pormenores de los crímenes y quise desconectarme por un rato del sistema, pero la obligación de estar atento a nuevas preguntas me obligó a quedarme allí, tendido, escuchando de mal agrado lo que decían. Debemos oírlos porque es una manera de ayudarlos a curarse, sin embargo de toda la maravilla de este juego de probabilidades e intensas emociones es lo que más detesto.
Alcé el volumen del televisor y me concentré un poco más en la carrera, disfrutando la inmensa emoción de que mi piloto Wei Shi, el gran león de Mindoro, con mi escudería Kellog´s Matsuchita —la KM— haya pasado en pits a los de la MPCG, asunto que me devolvió el buen humor, notando ya que el dolor había descendido a niveles de cosquilleo, casi agradable y apenas sentía leve palpitación en las sienes.
Si a un hombre, o una bestia, se le permite matar por varias ocasiones a una misma persona, ocurre, como a mí, que se le empieza a amar, pero esto no atenúa de ninguna manera la violencia con que se la ejecuta. Con la nueva pregunta me daban la oportunidad de prestar servicio a la Hermandad y de estrangular a la Monalisa por enésima vez.
—¿Mujer de enigmática sonrisa pintada por Leonardo entre 1503 y 1506?
La pregunta era ingenua, todos sabían la respuesta, pero nadie a excepción que yo y cierto agente mecánico, fuera de servicio, podíamos dar con ella en ese momento. La dama estaba en camino a Kalibratar y era precisamente a ella a quien componía la carta negra. Ahora el destino me exigía que le de alcance, la ejecute y coloque su cuerpo a que calce para saldar una de las preguntas. Propuse que yo lo haría, contestaron el “Kapa Landa Pi” respectivo y me puse en marcha abordándola días después.
La alcancé en una tienda de dulces donde se aprovisionaba. La encontré sonriéndole a una barra de chocolate. Advertida por mi perfume, se metió en el baño y echó cerrojo con la idea de encontrar una ventana alta y escapar por allí, pero sabía que le era imposible huir. Si yo antes había perdonado ya su vida, y permitido que se aleje fuera de mi jurisdicción, fue porque estaba seguro de que se trataba de la última Gioconda y mezclé desafortunadamente los negocios con el placer. Era ella o la Comunidad. Llevaba en mi registro la otras treinta y dos que había ejecutado con anterioridad, de allí lo del manual que tenía redactado en el bolsillo de mi chaqueta. Esperé afuera, todo hacía presumir que se entregaría sin resistencia. Acerqué el oído al bambú de la puerta y del otro lado la escuché orinar con un sonido tierno y resignado, dejando libres las últimas gotas como si se tratara de palomas de cristal que se zambullían en el ojo de una tormenta.
El tibio amarillo resplandor de sus riñones estallaba en bicicletas náuticas a la deriva. Sería lo último que correría, casi propongo que luego correría su sangre, pero recordé que el manual exigía el estrangulamiento y debía aplicar un torniquete al cuello; tan sencillo como sellar, con un lazo, el injerto que se hace a una planta. La corbata, el prendedor, la vela, el emparedado de queso, la cartuchera con bengalas, la botella de vidrio y el corcho, todo estaba en mi mochila, esperando. Con esto en mi poder y en tal estado de excitación, abandonaba por un momento, mis sofisticados aires modernos y quedaba en posesión del estuche con los elementales aditamentos para practicar, en cualquier momento, sobre el sitio más hondo del cerebro, la extracción de la piedra de la locura.
Abrió la puerta, me miró sin abandonar la sonrisa que la llevaba como un antifaz, descruzó las manos, resultó imposible distinguir la individualidad de las pinceladas que formaban su cuerpo, me tendió la súplica de sus ojos —manantiales del extraordinario verismo de los efectos de luz—. Dio un paso hacia atrás para invitarme a entrar, pero no seguí su juego, porque ya había aprendido esa treta de la número siete, cuando me acerqué demasiado, sin tomar precauciones y ella me clavó la pezuña en los testículos para huir, solo un trecho porque terminé alcanzándola en las montañas y ejecutándola con una cinta de embalaje.
Escogí el quicio de la puerta donde una señora gorda se puso a mis espaldas pidiendo me mueva porque quería ocupar el baño, así que me di prisa. Obedecí el manual, que lo conocía de memoria: inclinación para depositar en el suelo el corcho y la botella distanciada a unos pasos en el extremo opuesto, dar un tercer mordisco al emparedado de queso y devolverlo al fieltro, tensar la corbata y ponerla en herradura alrededor de su cuello, presionar con fuerza hasta que la sonrisa se le convierta en mueca estentórea, liberar la corbata y dejar caer a la víctima, encender la vela, colocarme el prendedor en el ojal y salir de la estación disparando una bengala.
El alba entraba en Tasmania y mi pieza era la última de la que Control disponía para cerrar exitosamente el crucigrama. Los emisarios ingresaron en el baño y sacaron a la dama muerta, envuelta en una gasa color azufre, la subieron en una limosina blanca y se la llevaron para colocarla en el sitio correspondiente, donde encajaba perfectamente.
—Vamos, ¡ánimo! —era la voz de Borgia paliando mi desánimo—, habrá muchas más por allí. Algún loco, que vuelva a creerse la reencarnación de Leonardo, volverá a instalar su laboratorio y sacarlas de los cuadros, dotarles de vida y echarlas a rodar. Ese es tu trabajo, encontrar y eliminar las copias.
—Pintor del retrato de la Condesa de Carpio (181x122)
—No... Lo siento... no jugaré esta vez. Me retiraré un tiempo al Caribe holandés.
(Abucheo) —todos al unísono, fantasmales, desaprobándome.
Llevé mis manos a la nariz para ubicar el epicentro de ese olor defectuoso e incómodo que manchaba mis manos; era óleo, cuando abordé a la dama, por lo visto, aún estaba fresca.

Jorge Miño Oct. / 2016.