lunes, 3 de septiembre de 2018

Otoño retrógrado



 por Jorge Miño. (Quito-Ecuador 1966)
Escrito en Febrero de 2018.  
Publicado en Septiembre de 2018 en I antología de Literatura Fantástica Neoindigenista.  

Las hojas fucsia de los cerezos en flor exhalan su último aliento.
El otoño llega ansioso por desplegar su paleta ocre, se presenta con puntualidad y  blande su guadaña hiriendo las hojas con desánimo para empujarlas a su suerte. Chasquean las ramas  secas a los pasos de Hisaito que va hacia el andén.
El vagón, con capacidad para cuatro, aparece en medio del chirrido del freno sónico. Desciende uno de los pasajeros; se trata de un ejecutivo en corbata y traje aluminiado que se topa el ala del sombrero y avanza con marcialidad sobre el piso de mármol. “Abríguense y si salen de casa lleven paraguas, mañana lloverá intensamente”, lanza la indiscreción y  se aleja.
La anciana, que Hisaito tiene por delante, ocupa la vacante y él se acomoda en el asiento posterior completando la cuota.
Este es su enésimo viaje y aun siente mariposas en el estómago, labios resecos, oídos taponados y deberá recuperar el gramo de peso que pierde en cada día de viaje; por fortuna se bajará en el jueves anterior y está a solo dos días retrógrados de su destino. Incluyendo en su dieta unas galletitas con margarina  volverá en poco a su peso ideal. Mínimas molestias asumidas de buena gana pero… nunca se acostumbraría.
El tubo echó a rodar y una súbita corriente de aire acarició el rostro de los pasajeros. El dispensador del antebrazo ofreció grajeas  antioxidantes.
–Los efectos colaterales son tan caprichosos como las formas de los cristales de nieve: un diseño único para cada ser humano –comentó casi a nivel de susurro la joven sentada a su lado topándole el codo para llamar su atención–. En mi caso me duelen las muelas un buen tiempo; las del juicio, estas de acá detrás –dejó la boca abierta en una “a” dilatada.
–Pruebe extirparlas, se dice que no sirven de mucho. Podría ser la primera persona que elimine los síntomas.
–Eso es imposible por la Ley de la Conservación del dolor. Stanislaw Briones lo menciona en su tratado de guías temporales. Dice que el dolor es directamente proporcional a la memoria. Es facultad instintiva preferir el recuerdo de eventos dolorosos del pasado. Flagelarse con ese dolor postizo para reforzar la obligación de tomar mejores decisiones en el presente.
–Lo he leído. La parte que habla sobre aquellos que prefieren rememorar los encuentros felices en relación a sus estadios cuánticos es reveladora. 
–Además, el lindero entre placer y dolor es tenue –echó a reír con desparpajo añadiendo una suspicaz infidencia–. En cierta ocasión se subió un tipo, era su primera vez y como efecto secundario tuvo una erección dolorosa; allí mismo donde usted está sentado, no la pudo ocultar, era muy prolongada y para “salvarle la vida”, ¡se puede morir de eso sabe!, tuvimos que drenarlo aquí mismo. Guardo como recuerdo la gillette, la de mis depilaciones, que utilizamos ese día, ya le muestro –abrió su cartera para escarbar en ella–. No la encuentro –dejó de alborotar y fijó automáticamente la mirada en Hisaito.
Hisaito se sonrojó: “!Ya le dije que mis síntomas son otros!”, exclamó soportando la incomodidad del ardor en la cara.
–Sin duda es usted un buen amante –dijo Cora. Toda esa sangre que pone a tal velocidad en la carita de ángel que trae, si llega allí de estrepitosa y bullente; madre mía yo quiero estar allí para verlo.
–¿A qué va al pasado? –dijo Hisaito para retomar querencia.    
–Sexo. Me espera un acaudalado ganadero en los campos de Dakota para hacer el amor. Le gustan gorditas, obesas, rechonchas, rellenitas; así como usted me ve –se puso de pie para exhibirse girando sobre sus tacos–.  Trabajo para el jardín sensorial de Madame Lepagé. El mejor cabaret temporal de la galaxia. Divas de todos los estilos para atender la gama entre lo romántico, en el infrarrojo, hasta la perversión gore del ultravioleta. Nos vemos cada dos meses. Abordo el tubo en mi febrero y llego en su diciembre. A razón de 400 gramos por libra, perderé un cuarto de libra cuando llegue; eso no es nada y sigo dentro de su canon estético.
–¿Usted a dónde va?
Hisaito diluyó la intención de respuesta para atender a la señal naranja  indicadora de la inminente detención.
“Primera parada Estación Rey Jorge II de Grecia. Destronado, restaurado, desterrado y reestablecido” anunció la voz mecánica, pero el vagón no se detuvo y un joven pasajero se paró indignado para lanzar improperios frente al reloj de pared que seguía su cuenta regresiva:
–Necesito bajar. Tengo un hermano a punto de sufrir un accidente y debo advertirle –se quejó enfurecido.
–Jovencito.   Igual; así se baje en  la  próxima parada, puede informar a su  pariente a que tome precauciones. No altere la paz del viaje. Que se le aparezca un minuto, unas horas, días después o incluso años no altera nada –advirtió la abuelita instaurando la calma.
Tenía razón. El tipo volvió a su asiento, avergonzado de su exabrupto, pero cuando el vagón tampoco se detuvo en la segunda, tercera, peor cuarta estación, los otros bordearon también el pánico.
–¡Bah! No se detiene esta mierda. Mi vaquero de Dakota tendrá este momento trece años de edad. Esta máquina me convertiría en una pedófila si me bajo ahora –se quejó Cora indignada.
–Paciencia jovencitos, de seguro se detendrá en mi estación. Yo voy a ver el vuelo natural del último cóndor, eso es como ir al Pleistoceno a conocer  los dinosaurios –apuntó la abuelita agitando en una mano su folleto turístico.
–Dora le retiró el billete de abordaje para comprobarlo.
En efecto, se trataba de un ticket VIP, de una fiable empresa turística, que concedía desplazamiento diagonal, es decir que podía adentrarse verticalmente en el tiempo pero con vectores sesgados en el espacio que modificaban su cronotopo: Lugar de abordaje (divergencia) año 7710 Boston. Destino (convergencia) Cordillera Pabellón, Municipio de Padvaya, año 2018.
–Imposible, ya entramos en las postrimería del siglo XX. Acabo de marcar el 611 y el reloj parlante informa que afuera discurre ya el año 1977  retrógrado –dijo Hisaito en tono pesimista.
–He cumplido los pasos indicados en la cartilla de emergencias y no pasa nada. –advirtió el joven  y se los tendió a Dora ha ver si ella podía hacerlo mejor, luego se recogió en una esquina fuera de la comodidad de su asiento. La anciana imprecaba persignándose con fatalismo.
Hisaito pensó que se iría definitivamente al infierno. Nunca fue un buen hombre, un avaro para decir la verdad y en el lecho de muerte compró un billete de varias paradas con la idea de emerger y regalar una monedita de oro a algún necesitado. Metió la mano en su bolsillo y tintineó con impaciencia el capital con que alteraría su destino.
“Bueno, podría regalar las monedas aquí mismo entre esta gente; si no nos detenemos haría eso; ojalá sirva” pensó, hallando postiza esta solución, como si ante la decapitación de María Antonieta él tapara su  cuello con una curita.
Dora, al cabo de muchos intentos infructuosos, tiró la cartilla y ocupó sus manos en atrancarse con fruición una bolsa de papas fritas. Entre bocado y bocado reveló lo que había entendido:
–Constan treinta y siete opciones de frenado. Tres son reglamentarias: hidroquantum de potencia radiada, pastillas de Bose–Einstein y discos quark. Ninguno ha valido y solo nos queda la esperanza de que se active alguno de los últimos frenos de emergencia redundante.  
La luz naranja avisó de una nueva parada en que entraría en acción el freno de tesla dispersión, pero el vagón no se detuvo y el joven desató su enojo vía certeros puntapiés en contra de la lucecita naranja. Las damas e Hisaito, en causa común, lo inmovilizaron por la fuerza. Dora sacó de su cartera una cajita de calmantes y le metió tres píldoras al hilo, mientras la recia anciana le tapaba la boca para que se las trague sin llegar a escupirlas. Aflojaron de a poco cuando el tipo, ya sedado se despatarró en el asiento.
–Si no se le para el corazón con la dosis, despertará en unas doce horas. Pobre tipo. Alguien de su familia debería viajar a este presente para advertirle que el vagón no se detendría. Incluso su hermano podría tomar un vagón retrógrado y venir a rescatarlo –dijo con humor ironizando una de las paradojas temporales. El vagón siguió implacable su marcha y los viajeros se adentraban más en el insondable pretérito.
El penúltimo freno ha sido accionado: “Asistencia metafísica”, escintilaba el texto en pantalla.

Canadá, estepa de Nunavut. Angakkuq, el chamán inuk, se detiene sigiloso e imponente levanta la quijada y apunta su frente al cielo para abrir al límite sus fosas nasales oliscando el aire. Exhala y el caldo molecular que le dejan sus inquietudes le confirma que la manada de caribúes que acecha esta cerca: orientar la buena cacería, obrar el cambio climático y curar a los de la tribu es la triada básica que se espera de él.  
Saboreaba ya en su imaginación el astado cuando se vio sorprendido por la voz de Dora pidiendo ayuda. Ningún idioma de las plantas o de las bestias le es ajeno a Angakkuq, pues el ejercicio diario de su vida asceta le coloca en un nivel espiritual tan elevado que percibe las cosas en su real esencia; otros no iniciados hubieran confundido la voz  con demonios interiores que les echaban en cara sus culpas,  para obligarlos a escapar como taimadas  liebres a mejor recaudo; en cambio, él aguzó las orejas apuntando la porosidad de su alma hasta empaparse de la entidad que se hacía audible pidiendo ayuda. Este fortuito encuentro lo refiere Dora, a los otros pasajeros, cuando abre los ojos como platos ya salida de un sueño en el que ella cree haber caído:
–Contacté un chamán. Uno de esos personajes a lo Dalai Lama de los que les interesa el reciclaje y creen que hasta las piedras del río tienen alma. Pero bien el tipo. Desconocía nuestro idioma aun así me entendía claramente. Estaba en un sitio rodeado de agua y hielo. Supo de la urgencia de frenar esta máquina e invocó al águila  para que nos comparta el secreto de su vuelo y frenado. De la misma manera que, cayendo embalada desde las alturas, a poco de chocar contra su sombra, frena su vuelo rapidísima echándose para atrás y tensando sus garras hacia la presa.
–No fue un sueño.  El sistema asimiló el ejemplo y lo puso en práctica. Estamos frenando, aunque poco pero vale. No fue un sueño.
El grupo gritó jubiloso celebrando el avance.
 El vagón disminuye su marcha, en razón de un gramo por hora, pero no es suficiente. Dora trata de retomar su “sueño” pero le es imposible reestablecer el contacto y se pierde.
Angakkuqel selecciona de su bolsa mora de los pantanos, arándano de la montaña, vara de oro, escalera de Jacob, espuela de caballero y algo de trigo sarraceno para improvisa con ello un corto ritual de purificación. Un frailecillo surca el firmamento en rúbrica de que se han marchado. Angakkugel, levemente aturdido con el encuentro con Dora, vuelve a casa.

El Popocatepetel lanza con irritación una formidable columna de polvo de piedra que las vigorosas corrientes  de aire, con que choca a gran altura, se esfuerzan por partirla. Oscar García escolta con la mirada ese humo ascendente; sabe que ese tizne sagrado conduce las suplicas de todos sus antepasados yacentes dentro de la montaña; cree que su intercesión ayudará a calmar el enjambre de temblores acaecidos en esos día. Se imbuye en un diálogo mental con Tepeyóllotl el dios de las montañas pidiendo asistencia extrema para los pueblos devastados. Mal momento para Hisaito que, dormido en su asiento, trata de abordar a García. Una andanada fresca de peyote aguza más los sentidos del chamán, pero está al límite.  Tepeyóllotl también es el dios de los jaguares, es por aquello que Hisaito observa, manteniéndose a distancia, a uno de estos felinos circundar al chamán entrelazando sus rugidos con los tremores de la montaña. El olor es acre, al parecer la fiera acaba de darse un festín puesto que trae su boca ensangrentada y lleva el olor del buitre en el pelaje; manchas que imitan las constelaciones y estrellas.
Hisaito aborta el contacto y su hilo de plata regresa como un yoyo a las manos de un niño apresurado que debe guardarlo porque ha tocado el timbre y se acaba su recreo. Abre los ojos, está empapado de sudor y acepta de buena gana el jarro con agua que le extiende la anciana. Refiere su fracaso. El vagón sigue su marcha.
-Ni modo. Abordamos a este cyberchamán es un mal momento –se disculpa ante las miradas expectantes del grupo-. Nos queda solo la abuela, es mejor que se eche a dormir.
-¿Me cuentan un cuento? –bromea y se acomoda en su asiento, le cubren con una manta y hacen silencio.
Los folletos de viaje detallaban el colosal espectáculo de un cóndor en vuelo, negro como un cuervo, entregado en toda su envergadura a circular por las supremas alturas. Sin embargo, el cóndor que tiene por delante guarda algo de gallina y cerdo por lo que la abuela frunce el ceño; en los escudos de Ecuador y Bolivia se ver diferentes, hasta parecen superhéroes, pero en fin… es que el ave había comido hasta hartarse y daba embestidas infructuosas como una gallina perseguida de los perros, tratando de elevar el vuelo. Anatolio Viracocha esa misma mañana, para reforzar sus objetos rituales, había ido hasta el Valle del Colca con la idea de arrancar unas plumas al cóndor. Imposible atraparlo en vuelo, pero con el simple ardid de depositar mucha carne de vicuña en la hondonada tentaría a los cóndores a bajar y que coman hasta hartarse. Así fue como se encontraron buscando al mismo animal.
García, de cuclillas, desplumaba a la glotona ave cuando sintió un escozor en la nuca que le hizo voltear de inmediato, ahora tenía a la abuela parada en su delante.
Hicieron amistad, la voz de la dama era meliflua y los serviciales modales de García emparejaron con la aparición inmaculada de la abuela que, imbuida en un traje de algodón blanco, collar de perlas y channel 5; aroma que había calado como una garrapata culta al cuello de una yegua elegante y no había perdido el más mínimo brío para punzar el olfato. En poco, no solo dialogaban sobre posibles nuevas soluciones a la caída libre del vagón sino que la señora había aprendido rasgos importantes de la cultura andina.
García diagnosticó y prescribió receta:
–Tenemos que abrazar las piedras, oler intensamente la tierra en que se han cosechado papas, entregarnos desnudos al chapoteo en las cristalinas aguas de la cascada, recostarnos entre la paja  o mimar a los cuyes; tenemos que sentir la materia, eso es lo que precisamente ustedes han perdido en este viaje acelerado. Funcionará como un ancla. La materia se subordina a la idea. Pero necesitamos mucha gente que colabore. Gente buena, humilde, sin pretensiones, con puro deseo de sentir a la Pachamama.
García le entregó una obsidiana grande como un puño cerrado con la petición de que la lleve a sus amigos y pongan sus manos sobre ella. Según indicaba por allí se canalizaría la energía para asociarse a la materia. Convocó a su pueblo y les ordenó que participen en un rito para calmar a unos espíritus errantes. Un centenar de participantes reunidos en su choza, tras escuchar enérgicas arengas y verlo escupir con arte las últimas flechas propiciatorias radiaron hacia el bosque para abrazar la tierra; descalzos, ingenuos, de corazón manso y espíritu dócil hicieron de ancla humana. El vagón apareció en la plaza del pueblo y sus ocupantes descendieron abriendo los ojos a medias por el repentino golpe de luz solar.

Oscar García el cyberchamán que había recurrido a las fuerzas metafísicas para colocarlas al servicio de la tecnología, fungía en realidad como un técnico honorífico de la empresa de transportes, recibió su cheque mensual y un bono extra por haber detenido el vagón. No era muy común que fallen los frenos pero había que estar preparados. Los viajeros regresaron a casa y recibieron las respectivas indemnizaciones. Dora abandonó el trabajo como dama de compañía y se puso una dulcería. El joven estuvo a tiempo para alertar a su hermano del posible percance. Angakkuqel, el chamán contactado por la compañía en el Ártico canadiense fue amonestado con una esquela en relación a mejorar sus procedimientos, en tanto que el chamán de fuego fue relegado del programa y en su lugar enviaron a un ejecutivo atemporal para  tratar de enrolar  a un indio navajo. La abuela, aprovechando su jubilación compró un billete para ir a conocer a Adán y Eva mientras que Hisaito ha ganado el Cielo, según cree; repartió sus monedas entre los habitantes del pueblo y al bajar del andén el otoño había dado ya paso al invierno.

–¡Andén Gabriel Faubre, músico por antonomasia! –anunció el parlante.
–Aquí me quedo. Adiós, que la pasen bien.


Jorge Valentín Miño 26 de febrero de 2018

Reseña del libro en: http://cffbolivia.blogspot.com


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Fecha de registro31-jul-2018 16:24 UTC


domingo, 15 de julio de 2018

Señor Tlü



Sorbí de la ardiente porcelana colmada de té. Del otro lado de los cristales ensamblaban un Arquímedes. A la nave solo le hacían falta soldaduras menores y ya gozaba de una imponente silueta dominando la entrada de la bahía. Suspiré porque estaban cercanas las vacaciones y comenzaba mi drama de todos los años: decidir a qué parte del espacio ir. Igual... no me alejaría de mis cosas porque esto de ser parte de la Universidad Virtual tiene sus cosas raras. Por ahora dirijo tres tesis: Ish Kue, de Kalihistán, la joven eremita con su tema “Comportamiento de los fotones de durazno a las ocho en punto —hora de Marte boreal— sobre una copa de cristal de bohemia tratada con cinabrio radiactivo”.  El chino Tzu Gamma, con su tema “Conteo de los átomos en un campo de loto en flor” y el boliviano Machado con su asunto de “Mutaciones apocalípticas de la patata en el interior del estómago de un camello en su quinta reencarnación”... son temas aparentes a la matemática social y estimulan mi pensamiento. Sé que de un momento a otro necesitarán mi presencia y apareceré, según el protocolo, virtualizado en sus cubículos de estudio —atendiendo al reglamento es el único lugar en que puedo aparecer—.
Allí está la señal, la lamparita roja que se enciende en la cocina. El boliviano cuenta que ahora está cociendo unas patatas con pescado al vapor para ofrecerles degustar a los pequeños de los arrabales, mientras que Ish Kue, de Kalihistán, tiene problemas con la compota de durazno, porque el contador de protones, indispensable para el experimento, no hace mucho su hijo pequeño lo ha desbaratado, para ver que hay dentro de su ojo de vidrio y no encontrando más que aire, lo ha llenado de chicle de menta e Ish debe comprar otro de urgencia y me propone, para hacerse con algo de efectivo, le compre un cochecito de hule, adaptado para transportar pantallas de neurosilicio, además de un telescopio casero orientado a la M100 y como si fuera poco, también me dará a cambio su boa de dos años; mascota entrañable. Debe estar muy necesitada y amar el proyecto para ofrecérmela. Yo le ayudo, le acredito mil facsaquíes a que siga con su tesis. Mientras ella hace la compra y replantea el proyecto yo visito al alumno oriental. Tzu Gamma estará muy confiado como es su carácter, orondo desanudando sus tallarines y llevándoselos a la boca. Golpeo su monitor, deja a un lado su comida y me planta su rostro y pienso en los hongos subidos a la humedad de los troncos de árbol, comparándolos con esas ojeras oscuras que redondean, casi ocultando, sus ojos ya de por sí difíciles de fijar. Inclina su cabeza con la clásica cortesía oriental y oprime el botón en su teclado para darme paso. 
—¡Hola Señor Tlü! —dice a modo de saludo y eleva el nivel de los auriculares—, lo del conteo va bien... para hacerlo más difícil los estoy sumando con mi ábaco de bolsillo —habla mientras transporta una bolita roja hacia las azules con un estiramiento del índice—. No se asuste, mi ábaco posee nuevos pisos, rediseñé el convencional para dar cabida a los trillones exponenciales.
—¡Por las barbas de Mancil! Eso sí que es un invento. ¿Cuántos átomos llevas en la cuenta?
—No he llegado al número dos, pero... avanzo. Me apasiona esto de que entre un número y otro cabe todo el Universo. Quiero hacer una tesis perfecta Señor Tlü. Todo va según el cronograma.
Lo dejo allí, ya me convocará luego cuando necesite; si no llega a comprobar sus hipótesis, al menos estoy seguro de que inventará algo. ¡Así es la juventud! En tanto, pasearía por mi departamento, escuchando algo de Rachmaninov y daría de comer a los pájaros.
Abrí una lata de tornillos oxidados (Nail & Bird Food Company) y me encaminé a la ventana abierta de par en par, en seguida pasaría la migración de aves y el cielo se oscurecería en ese lapso. Negreaba ya el horizonte con los pajarillos metálicos que entraban en la ciudad. Las otras gentes, desde todas las ventanas esperaban, igual que yo, se acerquen a las cornisas para darles su ración metálica. Pájaros, extintos los biológicos, al hombre se le hizo menester crear algo para asfixiar la nostalgia. No hay nada más encantador que desayunar, mientras raya el alba bajo el paradisiaco piar electrónico de los similpájaros.  Se me terminó la lata y saltaron, algo hinchados del vientre, hacia los pisos bajos en busca de nuevo bocado. Cerraba el cristal para que no se filtre el silencio cuando los alumnos solicitaron mi presencia; esta vez con inmejorables noticias.
Ish estaba en Marte a las ocho en punto, tiritando de frío. Aún bajo su manta térmica, atisbaba de cerca los fotones de durazno que refulgían de luz en medio del cinabrio más puro que se haya podido decantar y se mostraba feliz anotando las impresiones, en una libretita minúscula. Le puse diez; sus ojos de felicidad eran como bolas de cobre entregadas a fantasear con la existencia de electrones con doble giro al unísono. Tzu había terminado su tallarín y por lo que observé, pasaría en su sumatoria toda la primavera; más allá de que den o no flor los cerezos, cosa que le resultaría indiferente. Espero que alguno de los proyectos de este año supere la fama que me ha dado el orientar al joven Fleweling, estudiante de octavo de Ingeniería en Herramientas Duales, con lo de su martillo para desclavar y clavar un clavo al mismo tiempo.
A propósito con esto de contar, primo hermano del verbo clavar, esta mañana me entraron ganas de colgar un Van Gogh en esa pared de enfrente. Abrí, de mala gana, una caja de Kellogs y en el fondo venía ese cuadradito de goma con las instrucciones de ponerlo al microondas por seis minutos, luego meterlo a la boca para que, vía saliva, se esponje y ¡listo! era un cuadro de Vang Gogh, un bello clon de “Mi cuarto en Arles” para ser colgado. Saqué de la caja de herramientas el martillo: este célebre del K. Fleweling. El primer martillazo que di, apuntando al clavo, por equivocación lo asesté con furia sobre mi dedo pulgar y sucedió que lo que desclavé fue mi dedo, que, desaparecía en el vientre de mi madre en un pasado remoto; por ello, casi al instante, sonó el teléfono. Era mamá —obvio—, a preguntarme por qué figuraba en el retrato de familia sin el dedo pulgar, que en qué me hallaba. Le respondí que le hablaría luego, que no tenía importancia, que ya aparecería. En seguida sonó el aparato de conexión virtual. Era el estudiante boliviano con nuevas sobre el asunto de las “Mutaciones apocalípticas de la patata dentro del estómago de un camello en su quinta reencarnación”. Se mostraba entusiasmado porque ya tenía avances importantísimos, luego de gastarse mil créditos en un camello, lo había soltado en el Sahara dándole a oler el calcetín de un aimara  para que, según los libros negros de los aztecas, en el lugar del desierto donde el camello encuentre al dueño de tal calcetín, funde  Machado una ciudad tecnológica para darle seguimiento al tema de las patatas. Estuve por llamarle la atención y relevarlo del proyecto bajo el artículo 66 (locura), pero me contuve... el zoquete podría graduarse con un siete; no soportaría ver de nuevo a su hermana sollozar —ella es la que le gasta los créditos—. Con esto tendría unas horas de respiro; hasta que me necesiten, podría ir al supermercado de copias biológicas a que me saquen una del pulgar derecho, me lo calcen en la mano izquierda y colocando el nuevo, con la uña para abajo, nadie notaría el detalle; hasta sería más fácil rascarme así la barbilla ¡y me pintaría una uña en la parte de la huella digital! para guardar las apariencias. Era muy importante la salud mental de mamá, era imperioso reaparecer en las fotos de familia con los dedos intactos. Ya en muchas ocasiones, había pedido aventón con ese dedo extraviado y sido transportado con éxito; ahora, con el desvanecimiento de mi pulgar estaban desapareciendo cosas de mi casa, incluidos los pergaminos apostados en la pared que me acreditaban como docente Virtual de la U. de Girlandahio. El color de las paredes ahora era beige y los ventanales eran de rejas negras. Si no reponía pronto mi pulgar, a todos esos lugares a los que fui transportado, por halar dedo en la carretera, nunca llegaría y la vida sería otra.
Subí a la buhardilla para averiguar en Outernet algo nuevo sobre ese martillo, asombrado de como el pez dorado del recipiente se desvanecía y en su lugar aparecía un zapato extranjero de talla AA.  En las escaleras, con la sensación de un caballo al que le libran del bocado, en mi dedo índice se desvaneció la sortija de matrimonio; bueno, eso me alegró un poco y estuve a punto de dejar todo como estaba, pero... Encendí el ordenador y busqué alguna solución entre la respectiva sábana de posibilidades. Atiné a leer algo más del martillo y la vida postuniversitaria de K. Fleweling, así descubrí nuevos pormenores registrados en los catálogos de las últimas versiones comerciales del martillo. La solución aparentaba fácil. Recomendaba indicar en un formulario el código que aparecía en el mango del martillo y listo, la empresa reubicaría el pulgar por mí. Coincidiendo con el último dígito golpearon a la puerta, efectivamente era uno de sus emisarios, un joven perfectamente uniformado, de chaleco en franjas verticales intercalando amarillo y negro. Usaba un pantalón mostaza y zapatos de charol, juntaba los tacos con enfermiza marcialidad, usaba mostacho y me miraba sobre el hombro. Sujetaba con ambas manos una cajita roja que me la extendió con solicitud. La tomé. Firmé una nota de recepción y se marchó sin darme las espaldas. Cuando cerré la puerta, escuché afuera como rodaba las gradas el pobre muchacho y todo por esa noble y estúpida costumbre de que sus ejecutivos nunca deben dar la espalda a su cliente.
Salté de alegría al levantar la tapa, allí estaba mi pulgar, lo sentí frío y me entretuve observando los detalles de su corte transversal, luego fui a la cocina por un poco de cinta adhesiva, de la del tipo que tiene células embrión para provocar la sutura y listo, calzó magníficamente sobre el muñón. Antes de insertarlo, solo tuve que soplar sobre él por encontrarlo con polvo acumulado, tal parecería que estuvo en el estante de una biblioteca por espacio de mil años.
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Con el incidente en que mi pulgar estuvo perdido, por breve lapso, se dieron ciertas alteraciones. Al apagar el ordenador vi, con espanto, que la manzana de mi Mac había desaparecido y en su lugar Coca Cola era el magnate de los ordenadores. Corrí al refrigerador a buscar la gaseosa para evidenciar si había o no la transferencia. ¡No! el sabor era de coca cola pero la marca decía Toyota. ¡Los japoneses eran los genios de las gaseosas! Bueno... no era para preocuparse, solo debía habituarme. A excepción de una transferencia de marcas, al parecer nadie había salido lastimado con tal martillazo en el dedo. Me abismé a la ventana para diluirme en las luces de la ciudad el momento en que anochecía, fue cuando me asusté de veras, allí estaban, fantasmas de piedra, las torres gemelas, intactas, pero… ¿y dónde fueron a estrellarse esos dos aviones? Corrí al departamento de enfrente a preguntarle a la vecina, la rubia que me trae loco. Pero ya no vivía allí. En su lugar salió un negro enorme en traje de baloncesto empuñando un saxo, me miró extrañado. No me atreví a preguntarle nada y regresé a la habitación.  Mamá llamó en la madrugada, alegre de que ya aparecía intacto en las fotos familiares. Ese verano fue largo, los similpájaros volverán. Debo pasar las notas antes de que cierren el sistema.