jueves, 13 de julio de 2017

Xólotl en un Bell 204 (Relato corto)



Xólotl en un Bell 204

A Izasor se le ocurrió que si tomaba un cubo y le quitaba la pirámide que lleva dentro, la parte restante serviría de modelo para un túmulo dedicado a Tlün, pero su idea era muy avanzada para la fonética de su pueblo que no concebía la letra “k”, de imposible pronunciación y culpó al sol del mediodía por sus fantasías. Retiró la vista de la cumbre de la pirámide y continuó la marcha. Había avanzado un trecho y gozaba de la sombra de un callejón de sauces cuando escuchó, venido desde el cielo, un estampido extraño del que no tenía referencia y tuvo que mezclar en su imaginación ciertos objetos conocidos para recrear algo que pudiera ser causa de semejante estrépito: miles de langostas chupando sangre de cordero, cascos de cebras aplastando escarabajos, cuchillos abriendo maduras papayas; sonidos que se añadían a mohaks celebrando la consagración de la primavera. “De nuevo la letra k” pensó, dudando en confiar a su acompañante estas extrañas asociaciones que se le venían de repente y culpó al perfume aceitoso de las semillas del aretuco de estas extrañas visiones; volvió sus sandalias sobre el prado y hundiendo los tréboles bajo sus pies se adentró a paso firme por la brecha abierta por sus compañeros.
Regresó a mirar: cabizbajos, transpirantes, con sus ropas ligerísimas, mascadores de la hoja de coca y ensimismados en levantar bien las rodillas en cada paso para evitar los pétalos iridiscentes de los bejucos acechantes. Solo él, por lo visto, escuchaba aquel sonido. Preguntó a la joven, sibila de dientes raídos y moñito rosa que marchaba por delante, si es que percibía aquel sonido batiente. Ella volteó para decirle en un impecable traflagar del sur que “no” que “no” y se lo repitió haciendo hincapié en un dialecto más sureño todavía, “que no, que “inst uyi llior truooer” osea “nada escucho que no sean el mar rompiendo la costa y el siseo de los pájaros escarlata” y que por favor no le distraiga, que si por responderle pisa una de esas flores violetas, le dolería intensamente. Pensó en agradecer las sabias advertencias de la joven y en reciprocidad ofrecerle golosina de alcanfor para que coloreara su boca, pero la joven ya le daba las espaldas otra vez y se distanciaba hacia la cumbre. Entonces fue cuando el sonido se hizo evidente y reveló el objeto del que manaba incesante, se trataba de un artefacto volador, con la apariencia de los prototipos que los aborígenes del gueto de Oum esbozaran en las paredes de las cuervas alcalinas usando apenas las yemas de sus dedos imbuidas en rojovegetal y reconoció su forma y hasta podría revelar su ancestral nombre: “¡El helicóptero!”. Gritó la palabra que sonó calientita como eso platos humeantes en la cena de acción de gracias dedicada al personal de ventas de la Toyota, sucursal Brasilia.
Sonidos, que al parecer solo él los percibía y ahora evidenciaban su forma. Estaba por bajar la vista hacia sus sandalias para diluir su conciencia entre las fibras de yute, cuando advirtió con sobresalto que el aparato giraba sin control y caía helicoidal sobre sus cabezas, manoseado ya por llamas azules. Se detuvo en seco, los que venía atrás lo rebasaron sin oír ni ver nada. Escoltó la nave con la mirada hasta que cayó abatida a un costado del sendero. Se agachó para no ser alcanzado por las esquirlas y en poco tiempo, como una herida que sana con velas y oraciones, el valle volvió al silencio inicial. Se encontró ovillado y solo tan cerca del piso que el hedor de los escarabajos peloteros se le metía en su nariz. Paulatinamente regresó el habitual sonido del mar cortando la costa y el siseo de los pájaros. De un brinco entró en un compás de zancadas largas para alcanzarles. Estuvo por reclamar la impasividad que los otros caminantes que ajenos al espectáculo  atravesaban sobre las ruinas del aparato, cortando los fierros en llamas como si se tratase de una simple niebla. Ajenos a los pestilentes gases tóxicos de combustible y cauchos mancillados no se molestaban en levantar las sandalias para evitar los cuerpos mutilados porque no veían ni oían nada.
Izasor se detuvo frente a las ruinas humeantes mientras que los últimos de la columna le rebasaban por la diestra según el protocolo, dispensándole miradas despectivas, extrañados sin entender su conducta. Haría, para reconciliar al cielo con la tierra un alto contemplativo en ofrenda a Madara, la diosa menor del movimiento parabólico. Izasor levantó un trozo de metal del aparato siniestrado y mientras aspiraba, sin desearlo, el vaho a sangre y aceite, tomó el cuello de cisne de la joven muerta dejando, sus cabellos colgantes más que caer goteaban por obra de un tajo cárdeno florecido en su frente, grueso como la hoja del hacha ceremonial. Un sudor frío recorrió la espina dorsal de Isazor y devolvió con suavidad el cuello a su lugar. Recayó sobre la arquitectura de un simple tornillo de aluminio que le supo a caracol consumido de repente por trillones de años de evolución, lo levantó para observarlo a contraluz devolviéndolo con respeto a la gravedad cuando hubo saciado su curiosidad. Embelesado en eso había sido superado otra vez por la hilera de caminantes y estaba de nuevo  solo. Reemprendió la marcha, a paso redoblado, no sin antes apropiarse de una chispa de fundido acero que halló espacio en su holgado morral.
Izasor llegaba a la cumbre en último lugar, en el preciso momento en que Jane Avril bailaba la danza ceremonial sobre los azulejos centrales de la pirámide. La diva Avril zapateó con entereza hasta provocar hendiduras en la tabla de corcho que sellaba un cofre, luego, por esos orificios, los asistentes metieron sus lanzas doradas y rompieron el envase para liberar las tablillas. Izasor, por ser el último en llegar, estaba obligado a leerlas y luego ser pasado a cuchillo para entregar su sangre a que transite por el canalillo de latón hacia el noreste donde habita Xochiquétzal.
Izasor, culpó a sus visiones del retraso. En su fuero más íntimo acaso deseaba ser sacrificado y por eso llegó tarde intencionalmente. Leyó las tablillas taraceadas en jade que solo podían ser igualadas en belleza por los callados nenúfares de Monet, pero no no existían aún y de seguro los suyos no podían verlos. Escuchaban pacientes, arrodillados sobre la quinua ceremonial, cabizbajos y respetuosos atendían al ochiquéxtzal, es decir: “el que moriría”.
Izasor recordó un viejo chascarrillo que corrió como la pólvora en las fiestas náuticas del Trescientos diez: “¿Qué suena pío, pío, pío, pío? –un pollito– y ¿qué suena pío, pok, pío, pok? –un pollito rodando las gradas”.
Izasor rió y la gente consideró locura la risa de un hombre a punto de morir y le fotografiaron el busto para repujar medallones con la irreverencia de sus dientes en relieve. Izasor terminaba la lectura de las tablillas rituales elevando la voz antes de que se le extinguiese para siempre: “...un helicóptero de la policía del Estado caerá junto a la pirámide de Ukll, con un saldo provisorio de seis muertos. La caída de la aeronave será a las 18H40 GMT y será un enigma el motivo del percance. Entre las víctimas figurará Olga Klimth, subsecretaria de Gobierno. El aparato tendrá problemas al aterrizar y de inmediato se envolverá en llamas. El helicóptero se incendiará por completo. Estaba trasladando a los funcionarios a la zona arqueológica de Ukll, donde se celebra el equinoccio y la llegada de la primavera”.
Izasor fue pasado a cuchillo.



Jorge Valentín Miño ©

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Código de registro: 1707142947673
Fecha de registro: 14-jul-2017 2:33 UTC