miércoles, 7 de septiembre de 2016

Tres cuentos cortos de CF: HISTORIAS PERSONALES / EL DON DEL FUEGO / CENSO UBICUO


Historias personales

El problema es que la gente ya no socializa y existe bajo domos individuales. Salir a la calle es como tomar un baño de burbujas; suena refrescante, pero lo aterrador es que no pueden reventarse. Nadie habla, pide permiso, da las gracias o comparte historias con el desconocido del asiento contiguo que viaja en el Metro.
Habían probado de todo: bajar los impuestos a las personas que socialicen un poco y su actitud sea evidenciada por las cámaras de monitoreo (pagaban tres créditos por palabra), vacaciones pagadas en el crucero Galya Kuznetsova en la ruta Tierra-Luna. La gente se comunicaba poco.
Entonces en la Alcaldía de Guayaquil se les ocurrió rentar a los gringos una máquina del tiempo y mandar dos voluntarios a importar del pasado la solución. Estuve allí cuando volvieron sonrientes y positivos para entregar la minúscula caja al burgomaestre. Fue conducida con resguardo policial hacia la bóveda e informaron que luego de la verificación de la carga y al estar seguros de su buen estado procederían.
Así lo hicieron. En pocos meses el problema avanzaba por buen camino y otras ciudades implementaban la ingeniosa solución.
Recuerdo iba en el bus de transporte público, me rasqué la cabeza ante una repentina picazón, entonces una joven trigueña, delgada oficinista de mirada solícita sentada a mi lado, puso mi cabeza en su regazo y empezó a despiojarme. Me sentí un poco mandril o mono Rhesus, ¡pero que importa!; los piojos volvían a ser el vínculo ancestral de enlace. No era mucho pero sí un buen comienzo. Otras parejas hacían lo mismo. En poco, ella también se relajaba y entre liendra y liendra me iba contando una historia personal.


Citar fuego me recuerda la vez que trabajaba en un hotel galáctico y una pareja se presentó para pedirme que les de alojamiento, ya que la calidad de mi refrigeradora había llegado hasta su planeta. Estos tipos estaban de luna de miel y me pedían pasar su noche de bodas en uno de los cubitos de la hielera. Les di gusto, pagaron en efectivo. “El hielo quema”, me dijo uno de ellos (nunca supe diferenciar sus géneros) y al despedirse me dejaron una moneda de zinc que me ampolló la mano.
Ahora se ha presentado una pareja de chinches de benceno del planeta Parallax, se acaban de casar y solicitan les de alojamiento en mi duodeno; que solo saldrán por mi recto en las noches para hacerme cosquillas las nalgas y que cuando me rasque dejarán sus huevecillos en mis uñas y que al tocarme la nariz, sus pimpollos se meterán para iniciar la fase embrionaria en mis narices, hasta que ya renacuajos los expulse en una servilleta de papel.
Me han pedido (aderezando con una jugosa propina), que sea muy cauto en doblar esa servilleta de papel en forma de un barquito y que llegado el primer aguacero lo deposite en el agua que pasa calle abajo, para que sus vástagos tengan posibilidades de alcanzar el mar, convertirse en adultos y encontrar el sifón del Atlántico por donde podrán escapar hasta el lugar de fuego en que viven; dadas las revelaciones, me obliga a suponer que la pareja viene del centro de la Tierra.



Tengo miedo: puedo estar en varios lugares a la vez. Anoche me censaron en Quito y en Puerto Venus. Es un craso error haber luchado tanto para desplazarse cuando la mejor manera de ir, resultó quedarse. Ahora, tengo miedo de ser como mi padre. Él está conmigo, bueno esto último es relativo porque cuando lo censaron ayer, también fue registrado en algunas ciudades de los planetas habitables de Capella  y en el satélite menor de un gigante gaseoso de Aldebarán.
Este sentimiento desarrollado contra mi padre no se iguala al  pavor de llegar a ser como el bisabuelo que, antes de morir, en ochenta de sus posiciones simultáneas distribuidas entre las galaxias NGC 345 y la Nube de Magallanes, fue censado en seiscientas tres coordenadas espaciales sincrónicas, dispersas en los mundos habitado del reino de Clío.

Ahora, papá, el abuelo y yo estamos en una playa, de un mar de metano donde a lo lejos gozamos del esplendor de un iceberg de diamante, que en poco, cuando la temperatura descienda se derretirá para espolvorearse sobre el mar, como fécula de canela queda decorando un capuchino caliente. La abuela prepara ponche. No sé qué pasará cuando grite: “¡A comer!”. Posiblemente, ya habremos llegado a la mesa sin movernos de la playa.

Jorge Miño / Quito / 2016

No hay comentarios: