domingo, 4 de enero de 2015

LOS POETAS


Publicado en la Revista Korad 16.
Editor: Raúl Aguiar.



AYER SERA OTRO DIA © los poetas.

9 Relatos de Ciencia Ficción.
Registro: Jan 5, 2015 2:59:03 AM UTC | Código: 1501052906627
Tipo: Narrativa, Relato
Autor: Jorge Valentín Miño Pazmiño.

LOS POETAS


Si solo pudiera bajar la ventanilla para refrescarme” — pensé, como respuesta al intenso calor, pero mi deseo era imposible de concretar porque del otro lado estaba el vacío del universo.
La fogosa masa de Aldebarán, —ubicada en los suburbios de la constelación del Toro—, bañó de resplandor el lateral del transbordador.
 “Tienen razón los libros de poesía al referirse a esta estrella, es magnífica, recordé el pasaje de un breve texto atribuido al poeta Lu Zoho, dedicado a Aldebarán:
... en su vientre arden brujas de toga oscura
mientras la corola extiende sus cintas de fuego.
Corsés negros golpean la noche
entre besos de cribado hierro.
Las batas chinas
de las brujas japonesas,
reclinan su tailandesa tintura
sobre la leonada cabellera
de este coreano sol vietnamita
noventa veces superior a la del Sol...
Activé el alimentador de neutrinos y la inyección de energía puso la nave en caída parabólica, tiré del freno sónico y el resplandor de la estrella ahora bañaba las espaldas de la nave. Frente a la canica azul de Toppisto, me dejé llenar por unos segundos de su chi fantástico hasta que la advertencia auditiva, indicando que estaba perdiendo el horizonte, me volvió a la realidad. Volví sobre los controles para empujar el cabrestante electrónico y enfilar hacia el planeta. Atendí a la voz del sistema que se dirigía a los pasajeros: “...señores científicos, maquinaria intelectiva y personal de a bordo, nos aproximamos al planeta experimental Z-2, conocido extra científicamente como Toppisto.
Pueden apreciarlo por los ventanales del mirador frontal de la nave. A nuestra llegada, soltaremos inmediatamente la misión de búsqueda. Gracias”.
En poco, bramaron los motores con sus toberas de aire en descenso que abrieron una huella oval sobre el humus fresco del planeta visitado. El colchex de las patas delanteras presionó tierra firme, con la suavidad que el polen de la anaxábila cae, sobre la lechosa boca de la pentasidra, en los boreales días de Corindón; haciendo un ¡puf...! etéreo.
La misión era simple: rastrear a una colonia abandonada hace mucho tiempo sobre este planeta, elevar un informe al Comando Sur y esperar instrucciones.
Por motivos de seguridad descendí a una prudente distancia de la base. Resaltaba sobre los árboles un villorrio de cúpulas y obeliscos naranjas, erguidas construcciones como cuellos de animales esforzándose por alcanzar frutos altos. Según lo acordado para el experimento, soltarían allí la colonia humana, les dejarían a sus anchas para que fructifiquen sobre ese planeta más hermoso que la Tierra y esperarían quinientos años para que establezcan comunicación con la base, pero nunca lo hicieron.
La belleza de ese planeta era conmovedora, la atmósfera delicadamente azul, fina como la película cyan del tegumento de los huevos del aoas siberiano. Abrí la ventolera y un soplo a hojas de menta y geranios entró con la brisa. Decenas de pajarillos, atraídos por el policromado de la nave, reboloteaban excitados y gorjeantes, mientras los árboles, en su siseo parecían conversar con sus lenguas. Aquello me animó a recitar neohaikus de un joven bardo de Nueva Algeciras:
“...caballos de agujas los pinos
hienden su aguijón sobre el aire tibio.
Nueva Algeciras tiene las minas rebosantes
de iridio, pero los atardeceres en Celérates
guardan el color de todos los vinos posibles
bebidos en los cálices Trôn.
Tengo salud, dinero; me aman, soy feliz...”.
 Con pereza atendí una urgencia del tablero que correspondía a la solicitud para registrar la bitácora; parcamente hice la anotación verbal: “08 año sideral setecientos, correspondiente al otoño en el asteroide Dárak. Estamos en Toppisto; 87 grados con el austral magnético. Libero vehículos de tracción, los científicos salen al valle. Uniforme sugerido sobre el grupo expedicionario: paño azul, bufandas amarillas, zapatos plex y gafas térmicas”. Lo último que hice antes de caer en una profunda siesta fue oprimir los seguros de las puertas. Cuando volvieron, todos tenían caras largas y estaban cansados, traían repletas las cajas de recolección holográfica, ya había anochecido y cenaron frugalmente antes de acostarse a dormir. Yo en cambio pasé en vela hasta el amanecer, imaginando las razones del fracasado experimento.
¿Guerra entre los machos para hacerse de las mejores hembras?
¿Algún virus desconocido? ¡Acaso todos resultaron estériles! ¡Un ataque!, pero solo estaban ellos y los pájaros con esas plantas olorosas y los rebosantes peces inofensivos. Tenían el ambiente ideal para germinar.
A la mañana siguiente desintegraron las moléculas de las muestras y las enviaron, por hondas épsilon, hacia el laboratorio más cercano, allí atisbarían sobre razones de los decesos. En tanto teníamos noticias del envío, yo tuve que soportar las lamentaciones que los científicos se hacían de todo el tiempo perdido.
Seres humanos tratados para mejorar su predisposición poética, dotados de magistrales capacidades neuronales para percibir la belleza y fijarla en poesía. Quinientos años en que hubiesen podido escribir magistrales obras y colonizado los últimos rincones de este Sistema.
El informe llegó en la tarde, todos nos sorprendimos del fatal desenlace. Los de la expedición habían muerto de pura belleza. Sus organismos no resistieron la hermosura de un planeta, mil veces más dotado que la misma Tierra, sus sistemas se saturaron de estímulos, las sinestesias terminaron por debilitar sus fibras neurales.
Cayeron en un profundo sueño para huir de esa realidad, aunque preciosa también macabra. Murieron de tanta belleza. Se me ordenó elevarme a una órbita geoestacionaria y rodear con veinticuatro faros de advertencia a Toppisto para que los colonizadores no lo aborden.
Toppisto quedó marcado con el signo admonitivo, registrado como planeta no habitable, al menos por la especie humana. Abrí mi breviario náutico de bolsillo para observar. Solo otro planeta poseía esos signos de advertencia; es el sexto planeta de la estrella Denébola; afirman que allá comienza el infierno.
email: jminop@gmail.com

Ilustración: Sadock. 2013.

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